San Federico de Utrecht 

Los fariseos se confabularon para buscar la forma de acabar con Jesús. Al enterarse de esto, él se alejó de allí. Muchos lo siguieron y los curó a todos.
Pero les ordenó severamente que no lo dieran a conocer, para que se cumpliera lo anunciado por el profeta Isaías: «Éste es mi servidor, a quien elegí, mi muy querido, en quien tengo puesta mi predilección. Derramaré mi Espíritu sobre él y anunciará la justicia a las naciones. No discutirá ni gritará y nadie oirá su voz en las plazas. No quebrará la caña doblada y no apagará la mecha humeante, hasta que haga triunfar la justicia; y las naciones pondrán la esperanza en su Nombre».

COMENTARIO

Los fariseos que presentan aquí el evangelio son consecuentes con su religión: si Jesús quebranta la ley religiosa, hay que matarlo. Al tomar semejante decisión, no hacían otra cosa que ser consecuente, hasta el final, con sus creencias. He aquí el peligro que entrañan, a veces, las religiones. Y si no llegan a matar, es frecuente que lleguen a humillar y someter a las personas hasta el extremo de hacerles la vida insoportable.

El contraste con la religión de los fariseos es la vida de Jesús, que es la otra forma de entender y vivir la religión. Para explicar lo que fue y cómo fue la vida de Jesús, Mateo echa mano de una cita del profeta Isaías (Is 42, 1-4). La cita es extensa porque Mateo vio en él un excelente resumen de lo que fue la vida de Jesús, la religión de Jesús, que describe el contraste más fuerte con la religión de los fariseos.

Según Is 42, 1-4, Jesús es, no el “siervo, sino el “hijo pequeño” (paîs) del padre. La misión que el Padre le encomendó fue “anunciar el derecho a las naciones” del mundo. El problema está en la palabra “derecho”. El texto griego utiliza el término “krisis”, que no significa “derecho”, sino “juicio”. Pero, en Is 42,1-4, el profeta se refiere efectivamente al juicio divino, pero no un juicio de desgracia, sino de salvación. Por tanto, este evangelio dice que Jesús vino a traer, no ya el derecho, sino la realización del derecho, que es la salvación, para todos, no solo para los elegidos, sino para todas las naciones. Y eso lo hizo, no a base de imponerse y dominar, sino todo lo contrario, a fuerza de callar, de no enfrentarse con nadie, de aprovechar todo lo aprovechable. Es la bondad, la humanidad sin fisuras. Así es la vida y la religión de Jesús.


Así pues, aunque Jesús haya subido hacia su Padre, no nos ha dejado huérfanos. Por un milagro continuamente renovado, permanece realmente con nosotros todos los días, lleno de gracia y de verdad, según su promesa. No menos dichosos que sus discípulos, todos los días y en cada instante del día, podemos acercarnos para adorarlo, como si lo viésemos con nuestros propios ojos, para conversar familiarmente con Él como con un amigo, como con un hermano, títulos tan hermosos que se ha dignado tomar”. (Sobre el Santísimo Sacramento) 

Señor de los afligidos,
Salvador de pecadores,
mientras aquellos señores
de solemnes encintados,
llevan al templo sus dones,
con larga cara de honrados.
Ay que me gusta escucharte
cuando les dices:
‘la viuda, con su moneda chiquita
ha dado más que vosotros,
porque ha entregado su vida’.

Señor de las Magdalenas,
pastor de samaritanos,
buscador de perlas finas
perdidas en los pantanos,
cómo te quedas mirando
con infinita tristeza
al joven que te buscaba
y cabizbajo se aleja,
por quedar con su dinero.
¡Ay, qué difícil que pase
por esta aguja un camello!

Amigo de los humildes,
confidente de los niños,
entre rudos pescadores
escoges a tus ministros;
parece que todo fuera
en tu Evangelio sorpresa;
Dices: ‘felices los mansos
y los que sufren pobreza;
bendito son los que lloran,
los sedientos de justicia,
dichosos cuando os maldigan’.

‘Es hijo de los demonios’,
los fariseos decían,
‘se mezcla con los leprosos
y con mujeres perdidas,
el sábado no respeta.
¿Dónde vamos a parar
si ha decidido sanar
a toda clase de gente?
¡Es un hombre subversivo!
Ante tanta confusión
yo me quedo con lo antiguo.

Ellos miraban al cielo
y Tú mirabas al hombre,
cuando apartado en el monte
te entregabas a la oración;
sólo buscabas a Dios,
a tu Padre Santo y justo;
en el secreto nombrabas,
para que Tú los sanaras,
al hombre uno por uno,
y lo que el barro manchaba
tus ojos lo hicieron puro.


San Federico de Utrecht fue un obispo y mártir del siglo IX, recordado por su valentía para anunciar el Evangelio sin ceder ante las presiones del poder político. Nació alrededor del año 781, probablemente en Frisia (actuales Países Bajos). Desde joven fue educado en la escuela episcopal de Utrecht bajo la guía del obispo Ricfrido, quien descubrió en él una gran inteligencia y profunda vida espiritual. Tras ser ordenado sacerdote, se dedicó a la formación de los nuevos cristianos y a la evangelización de los frisones.
Entre los años 825 y 828 fue elegido obispo de Utrecht. Recorrió incansablemente su diócesis predicando el Evangelio, fortaleciendo la disciplina eclesial y enviando misioneros a las regiones donde todavía predominaba el paganismo. También luchó contra prácticas contrarias al Evangelio.
La tradición cuenta que sus amonestaciones llegaron incluso a la corte imperial. El 18 de julio del año 838, poco después de celebrar la Santa Misa y mientras daba gracias junto al altar, fue atacado por dos hombres que lo apuñalaron. Murió perdonando a sus asesinos y entregando su vida por Cristo, motivo por el cual la Iglesia lo venera como mártir.