San Apolinar

Algunos escribas y fariseos le dijeron: Maestro, queremos que nos hagas ver un signo.
Él les respondió: Esta generación malvada y adúltera reclama un signo, pero no se le dará otro que el del profeta Jonás.
Porque, así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del pez, así estará el Hijo del hombre en el seno de la tierra tres días y tres noches.
El día de Juicio, los hombres de Nínive se levantarán contra esta generación y la condenarán, porque ellos se convirtieron por la predicación de Jonás, y aquí hay alguien que es más que Jonás.
El día del Juicio, la Reina del Sur se levantará contra esta generación y la condenará, porque ella vino de los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón, y aquí hay alguien que es más que Salomón
.

Los escribas y fariseos le piden a Jesús un signo extraordinario. No les basta con verlo sanar, perdonar, acercarse a los pobres y anunciar el Reino. Quieren una prueba que se ajuste a sus expectativas. Jesús descubre el problema de fondo: no les faltan evidencias, les falta apertura de corazón. Cuando uno no quiere creer, ningún milagro alcanza; cuando el corazón está dispuesto, hasta los signos más sencillos hablan de Dios.

Por eso Jesús anuncia un único signo: el signo de Jonás, es decir, su muerte y su resurrección. Allí estará la manifestación definitiva del amor de Dios. No será un espectáculo de poder, sino el misterio de un Dios que se entrega, muere por amor y vence a la muerte. La cruz y la resurrección son el signo que sostiene la fe de los discípulos de todos los tiempos.

La referencia a los habitantes de Nínive y a la Reina del Sur resulta muy esclarecedora: Ellos respondieron con fe a una luz mucho menor que la que nosotros hemos recibido. Los ninivitas escucharon a un profeta; la Reina del Sur recorrió enormes distancias para encontrar la sabiduría de Salomón. Nosotros, en cambio, tenemos a Cristo mismo, presente en el Evangelio, en la Eucaristía y en la vida de la Iglesia. La pregunta es inevitable: ¿qué hacemos con ese don?

También nos interpela como educadores y evangelizadores. A veces pensamos que la trasmisión de la fe depende de experiencias impactantes o de recursos cada vez más llamativos. Sin embargo, Jesús recuerda que el signo más convincente sigue siendo una vida transformada por el Evangelio. El mejor argumento para anunciar a Cristo no son los efectos extraordinarios, sino una comunidad que ama, sirve, perdona y mantiene viva la esperanza.


La vida cristiana consiste, hijo mío, no en acciones raras y extraordinarias, sino en el exacto cumplimiento de los deberes de cada día. (Guía de la primera edad)

Fuiste tú quien me enseñó
a mirar con otros ojos,
a descubrir el valor infinito de los otros.

Fuiste tú quien me mostró
que la vida se comparte
y que vivir para sí mismo
es perder la mejor parte.
Fuiste tú, fuiste tú.

Al venir a vivir aquí en medio de nosotros,
al tocar con amor a los que estábamos rotos,
al sentir y reír con esos niños traviesos,
al morir tú por mí,
cual ladrón en un madero.

Fuiste tú quien me enseñó,
que la dignidad humana
es del todo inalienable;
no se pierde, no se gana.
Y que no hay piedad que valga,
que la religión no cuenta
si en el rostro de nosotros,
tu propio rostro no encuentras.

Fuiste tú, fuiste tú.


San Apolinar fue el primer obispo de la ciudad de Rávena, en Italia, y es venerado como mártir por la Iglesia. Era originario de Antioquía y fue discípulo de San Pedro Apóstol, quien lo envió a anunciar el Evangelio a Rávena, uno de los puertos más importantes del Imperio Romano. En aquella ciudad predicó con gran valentía, convirtiendo a muchas personas al cristianismo. La tradición también le atribuye numerosos milagros, especialmente curaciones de enfermos y liberaciones de personas atormentadas. Su creciente influencia despertó la hostilidad de las autoridades paganas, por lo que sufrió varias persecuciones, encarcelamientos y crueles torturas.
Después de años de padecimientos por causa de su fe, murió a consecuencia de los malos tratos recibidos, hacia finales del siglo I o comienzos del II. Por ello es venerado como mártir,
aunque no murió ejecutado, sino por las heridas sufridas durante las persecuciones. Su tumba se convirtió muy pronto en un importante lugar de peregrinación. En el siglo VI se levantó sobre ella la basílica de San Apolinar en Classe, famosa por sus extraordinarios mosaicos, considerados entre los más bellos del arte cristiano antiguo.
San Apolinar recuerda a los cristianos que la evangelización exige valentía, perseverancia y una fe firme, incluso en medio de la oposición. Como discípulo y pastor, dedicó toda su vida a anunciar a Cristo y a cuidar de la comunidad que le fue confiada, mostrando que el verdadero pastor no abandona a su pueblo cuando llegan las dificultades.