San Juan Casiano

En aquel tiempo los discípulos se acercaron y le dijeron: ¿Por qué les hablas por medio de parábolas?
Él les respondió: A ustedes se les ha concedido conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Por eso les hablo por medio de parábolas: porque miran y no ven, oyen y no escuchan ni entienden.
Y así se cumple en ellos la profecía de Isaías, que dice: «Por más que oigan, no comprenderán, por más que vean, no conocerán, porque el corazón de este pueblo se ha endurecido, tienen tapados sus oídos y han cerrado sus ojos, para que sus ojos no vean, y sus oídos no oigan, y su corazón no comprenda, y no se conviertan, y yo no los cure».
Felices, en cambio, los ojos de ustedes, porque ven; felices sus oídos, porque oyen. Les aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven y no lo vieron, oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron.

Este pasaje del Evangelio puede parecer duro, porque da la impresión de que Jesús habla en parábolas para que algunos no entiendan. Sin embargo, el problema no está en las palabras de Jesús, sino en la disposición del corazón de quienes lo escuchan.

Las parábolas revelan su riqueza a quien las recibe con humildad, pero dejan indiferente a quien ya cree saberlo todo. Los fariseos y muchos de sus contemporáneos veían los milagros, escuchaban las enseñanzas y, sin embargo, permanecían cerrados. No les faltaban pruebas, les faltaba apertura. Por eso Jesús retoma las palabras de Isaías: el verdadero obstáculo no son los ojos ni los oídos, sino un corazón endurecido.

Este Evangelio nos invita a preguntarnos si también nosotros podemos acostumbrarnos a las cosas de Dios. Es posible participar de la misa, leer el Evangelio o rezar cada día y, aun así, dejar de sorprendernos por la presencia del Señor. Cuando creemos que ya lo sabemos todo o nos aferramos a nuestras propias seguridades, corremos el riesgo de mirar sin ver y escuchar sin comprender.

En cambio, Jesús llama felices a sus discípulos porque han recibido el don de reconocer en Él al Mesías. No eran más inteligentes ni más santos que los demás; simplemente se dejaron enseñar. La fe comienza cuando uno acepta que todavía tiene mucho por aprender y permite que Dios transforme su manera de mirar la vida.

Pidamos al Señor la gracia de tener un corazón sencillo y disponible. Que nunca perdamos la capacidad de dejarnos sorprender por su Palabra. Así, cada vez que escuchemos el Evangelio, no será un texto más, sino una voz viva que nos invita a convertirnos y a experimentar la curación que sólo Cristo puede ofrecer.


Duerman su sueño, grandes del mundo, sabios presuntuosos. Jesús, mi Salvador no viene para ser objeto de una vana curiosidad y para alimentar su orgullo con interminables discusiones. Su amor propio cegado y desenfrenado, su corazón roído por la avaricia y atormentado por la ambición, no puede comprender y menos aún gustar la benignidad del Salvador, la pobreza, la dulzura y la humildad de Jesucristo. (Sermón sobre la Navidad)

Hazme un corazón de barro,
 rompe el corazón de piedra.
 Dale las vueltas que sean,
 pero hazlo a tu manera.
 
Dame un corazón sencillo,
 hazme un corazón como el tuyo.
 Usa la forma que quieras,
 pero hazlo igualito que el tuyo.
 
Como quieras, Señor.
 ¿Cómo quieres que sea?
 Dale la forma, Jesús.
 Hazlo a tu manera.
 
Que tenga tu paciencia, tu amor,
 que tenga tu voluntad;
 que tenga tu libertad;
 que reine esa paz con Dios;
que tenga lo que me falta,
 que sobre lo que no tengo.
 Hazme un corazón de barro.
 Es todo lo que yo quiero.
 Que tenga tu sencillez,
 siempre tan lleno de luz,
 perdonar como perdonas.
 Mira qué bien lo haces Tú.
 Hazme un corazón de niño,
 un corazón limpio y puro.
 Dale vueltas con tus manos
 y hazme un corazón como el tuyo.

Hazme un corazón de barro,
 rompe el corazón de piedra.
 Dale las vueltas que sean,
 pero hazlo a tu manera.


San Juan Casiano fue uno de los grandes maestros de la espiritualidad cristiana y un puente entre el monacato oriental y el occidental. Gracias a sus escritos, la experiencia de los Padres del Desierto de Egipto llegó a influir profundamente en la vida monástica de Europa, especialmente en la espiritualidad benedictina.
Nació alrededor del año 360, probablemente en la región de Escitia Menor, en la actual Rumania. Recibió una sólida formación clásica y cristiana. Siendo joven, emprendió una peregrinación a Tierra Santa junto con su amigo Germano e ingresó en un monasterio de Belén.
Deseoso de aprender de los grandes maestros espirituales, viajó con Germano a los desiertos de Egipto. Durante varios años recorrió las comunidades monásticas de Nitria, Escete y la Tebaida, escuchando a los célebres Padres del Desierto. Allí aprendió el valor del silencio, la oración continua, el discernimiento, la humildad y el combate espiritual contra las pasiones.
Hacia el año 400 se trasladó a Constantinopla, donde conoció a San Juan Crisóstomo, quien lo ordenó diácono. Cuando el santo patriarca fue injustamente desterrado, Casiano viajó a Roma para defender su causa ante el Papa. Más tarde fue ordenado sacerdote.
Alrededor del año 415 se estableció en Marsella, donde fundó un monasterio para hombres y otro para mujeres. Allí transmitió el estilo de vida monástico que había aprendido en Oriente, adaptándolo a la realidad occidental. De este modo se convirtió en uno de los principales impulsores del monacato en Occidente. Murió alrededor del año 435 en Marsella.