San Lorenzo de Brindisi

Jesús estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con Él.
​​Alguien le dijo: Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte.
Jesús le respondió: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?
Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre.

En la sociedad judía la familia era considerada fundamental. Jesús rompió con esta estructura y propuso nuevos lazos entre las personas. Da un nuevo sentido y valor a la categoría “hermano” por sobre la relación padre-hijo.
Inaugura una nueva fraternidad basada en lazos de hermandad, donde no sólo hay que procurar el bienestar de los vínculos más estrechos, sino de lo que no tienen a nadie que se ocupe de ellos. Jesús nos quiere regalar una nueva fraternidad, un espacio de crecimiento, fe y entrega.
Un espacio que se construye desde lo que cada uno es, desde lo que cada uno entrega, vive, comparte y sueña.
Creamos que Jesús día a día nos llama a tejer estos lazos, en donde nadie se quede fuera, donde los niños, los jóvenes y los pobres son parte de nuestras mesas, donde la vida circula porque se comparte. 


En esta época dichosa, los vuelvo a ver a todos, nos reencontramos en esta casa en la que han sido de nuevo engendrados en Jesucristo y que les ha servido de cuna; aquí gustarán, saborearán con delicia las santas alegrías de la familia; cantarán a una sola voz, en un solo coro, el cántico del profeta: ‘Qué bueno, qué dulce es para los hermanos habitar juntos en una misma morada. La paz fraterna de la que gozan es como el perfume que derramado en la cabeza de Aarón, desciende sobre su rostro hasta el borde de sus vestidos; es como el rocío del Hermón que desciende sobre la montaña de Sión’. (Sermón sobre las ventajas del retiro)

Somos familia menesiana 
que quiere seguir a Jesús.
Con alegría anunciar su Palabra
a los sedientos de un agua nueva.

Por eso estamos aquí, la la la la.
Conmigo puedes contar, la la la la.
Y dejaré mi equipaje a un lado 
para tener bien abiertas las manos
y el corazón lleno de paz.

Somos ciudadanos de un mundo
que fue creado como casa de todos,
como el hogar de una gran familia
donde todos vivimos en paz.


San Lorenzo de Brindisi nació en 1559 en Brindisi, al sur de Italia. Huérfano desde muy joven, fue educado por familiares en Venecia, donde destacó por su extraordinaria inteligencia, memoria y profunda vida de fe.
A los 16 años ingresó en la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, tomando el nombre de Lorenzo. Estudió filosofía y teología en Padua y llegó a dominar numerosos idiomas: latín, griego, hebreo, siríaco, alemán, francés, español e italiano. Su conocimiento de las lenguas bíblicas le permitió estudiar las Escrituras en sus textos originales, lo que hizo de él uno de los grandes biblistas de su tiempo.
San Lorenzo fue considerado uno de los mejores predicadores de la Reforma Católica. Recorrió Italia, Alemania, Austria, Bohemia y otros países anunciando el Evangelio, dialogando con judíos y protestantes y defendiendo la fe católica con una sólida preparación bíblica y teológica. Su predicación se caracterizaba por la claridad, la profundidad y una gran caridad hacia quienes pensaban distinto.
En 1602 fue elegido Ministro General de los Capuchinos, cargo que ejerció durante tres años. Impulsó la expansión de la Orden y promovió una vida religiosa fiel al espíritu de san Francisco: pobreza, oración, fraternidad y cercanía al pueblo. Los papas también le confiaron delicadas misiones diplomáticas entre reyes y gobernantes europeos. Buscó siempre la paz y la unidad de los pueblos, poniendo su inteligencia al servicio de la Iglesia.
San Lorenzo fue un gran enamorado de la Virgen María, a quien llamaba la obra maestra de Dios. Sus sermones marianos tuvieron una gran influencia en la espiritualidad posterior.
En 1619 viajó a España para denunciar ante el rey Felipe III los abusos cometidos por el virrey de Nápoles. Durante esa misión enfermó y falleció en Lisboa el 22 de julio de 1619, justamente el día en que cumplía 60 años. Sus restos descansan en el monasterio de la Anunciada, en Villafranca del Bierzo (España). Fue canonizado por el papa León XIII en 1881. Juan XXIII le otorgó el título de Doctor apostólico en 1953.