17º Domingo durante el año

Jesús dijo a la multitud: El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.
El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.
El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.
Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.
¿Comprendieron todo esto? Sí, le respondieron.
Entonces agregó: Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo.

La pregunta que puede seguir rondando en la cabeza y en el corazón de los seguidores de Jesús es, si el seguimiento en estas condiciones vale la pena. A la pregunta responden dos parábolas muy breves, aparentemente idénticas en el desarrollo y con gran parecido en las imágenes. Se las conoce como las parábolas del tesoro y la perla.
Lo que ocurre en ambos casos es lo siguiente: a) El protagonista descubre algo de enorme valor; b) con tal de conseguirlo, vende todo lo que tiene; c) compra el objeto deseado. Sin embargo, hay curiosas diferencias entre las dos parábolas, empezando por los protagonistas.

El protagonista del tesoro es un hombre. Mientras camina por el campo, encuentra un tesoro. Su primera reacción es esconderlo. Repuesto de la sorpresa, se llena de alegría y decide apropiarse del tesoro, pero legalmente, comprando el campo. Vende todo lo que tiene y lo compra. Lo que encontró lo mueve a desprenderse de todo, con tal de hacerse con el tesoro.

El protagonista de la parábola de la perla es un comerciante que busca perlas de gran valor. No la encuentra por casualidad, va tras ella con ahínco. Como buen comerciante, calculador y frío, no salta de alegría cuando la encuentra, como el protagonista de la primera parábola. Pero hace lo mismo: vende todo lo que tiene para comprarla. Es consciente del valor que tiene.

Otra diferencia curiosa es que la primera parábola compara el Reino de los Cielos con un tesoro, pero la segunda no lo compara con una perla preciosa, sino con un comerciante que busca perlas finas.
No olvidemos que estas parábolas se dirigen a una comunidad que sufre una crisis profunda y se pregunta si ser cristiano vale la pena.
La respuesta pretende revivir la experiencia primitiva, cuando cada cual decidió seguir a Jesús. Unos entraron en contacto con la comunidad de forma puramente casual, y descubrieron en ella un tesoro por el que merecía la pena renunciar a todo. Otros descubrieron la comunidad no casualmente, sino tras años de inquietud religiosa y búsqueda intensa, como ocurrió a numerosos paganos en contacto previo con el judaísmo.

Las parábolas, aparte de infundir ilusión, animan también a un examen de conciencia. ¿Sigue siendo para mí la fe en Jesús y la comunidad cristiana un tesoro inapreciable o se ha convertido en un objeto inútil y polvoriento que conservo sólo por rutina?
Al mismo tiempo, nos enseñan algo muy importante: el cristiano, con su actitud, es quien revela a los demás el valor supremo del Reino. Si no se llena de alegría al descubrirlo, si no renuncia a todo por conseguirlo, no hará perceptible su valor.
Estas parábolas parecen decir: ‘Cuando te pregunten si ser cristiano vale la pena, no des un discurso; muéstralo con tu actitud’.

En la comunidad hay quienes no viven desde la experiencia de haber descubierto a Jesús como un tesoro o una perla y en consecuencia tampoco viven ni cuidan de la relación con el hermano. ¿Qué ocurrirá con ellos? La respuesta es muy dura: serán ‘descartados’ por no llegar a la ‘talla requerida’, por no haber dado de comer al hambriento, de beber al sediento, vestir al desnudo, hospedar al que no tiene techo… por no ocuparse de los últimos. Tú, ocúpate de los últimos y te estarás ocupando de él. No se da la talla por grandeza, poder o importancia, sino por servicio. 

Mateo termina las siete parábolas con una imagen: ‘todo escriba que entiende del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando del arcón lo nuevo y lo antiguo’. Esta sabiduría es la que debiéramos pedir a Dios, igual que Salomón la pidió para gobernar a su pueblo. Sabiduría para descubrir lo valioso que hay en la comunidad y así volver a decirle sí a Jesús.

Jesús y su Padre:
La relación con el Padre es un tesoro para Jesús, la cuida como tal y habla de ella. La relación con el Padre implica dedicación, intención, deseo de encontrarse y estar con él, como el buscador de perlas finas. No se da porque sí, no es azar. La relación con el Padre pasa por los hermanos, esa da el certificado de veracidad.


Todos sus tesoros y todos sus bienes son nuestros, su herencia es nuestra, su dicha, su gloria serán nuestra parte y nuestra recompensa, con tal que seamos verdaderamente sus hijos, es decir, si nos esforzamos en ser semejantes a él, en ser santos como él es santo. (Renovación de las promesas del bautismo)