San Pedro Crisólogo – Santa María Natividad Venegas

Jesús dijo a la multitud: El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve.​ Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.​¿Comprendieron todo esto?
Sí le respondieron.
Entonces agregó: Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo.
Cuando Jesús terminó estas parábolas se alejó de allí.

En nuestro mundo hay gente excelente y otros que no miran más que su propio interés. Jesús fue claro en que no nos toca a nosotros separar lo bueno de lo malo, que dejemos a Dios juzgar a cada uno. Seguro que si lo hacemos nosotros, caeremos en injusticias por desconocer el corazón de cada uno.

Pero, lo que sí nos toca a nosotros es mirar nuestro propio mundo interior, entrar en el corazón, para descubrir allí el entramado de deseos, intereses, motivaciones que mueven nuestra vida. Hay una verdad que a veces incomoda: ninguno de nosotros es totalmente bueno ni completamente malo. Todos llevamos una mezcla de luces y sombras, de generosidad y egoísmo, de fidelidad e incoherencia.

Cuando la Palabra de Dios ilumina nuestra vida, deja al descubierto esa realidad interior. Como dice san Pablo: «No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Rm 7,19). En lo más profundo de nosotros se enfrentan dos fuerzas: el buen espíritu, que nos impulsa hacia Dios, hacia el amor, la verdad y el servicio; y el mal espíritu, que nos seduce con el orgullo, la indiferencia, el resentimiento, la comodidad o el egoísmo.

Esa lucha no ocurre en un lugar lejano ni en personas extraordinarias. El único campo de batalla es el propio corazón. Allí se decide, una y otra vez, el rumbo de nuestra vida. Por eso Jesús insiste tanto en el corazón, ya que de él salen las intenciones buenas y malas. (cf. Mt 15,19).

Reconocer esta batalla interior no debería desanimarnos. Al contrario, nos hace más humildes. Nos ayuda a comprender que nadie puede sentirse definitivamente vencedor ni definitivamente derrotado. Todos necesitamos la gracia de Dios cada día. También nos vuelve más misericordiosos con los demás, porque comprendemos que ellos libran combates semejantes a los nuestros.

El bien y el mal seguirán peleando en nuestro corazón hasta el último minuto de nuestra vida. Lo bueno es que tenemos a Jesús que nos acompaña en nuestra lucha, si lo dejamos intervenir. Si nos abrimos a Él, si dejamos que el Espíritu trabaje, poco a poco nos iremos ‘convirtiendo’ en otros Jesús, con sus intereses, con sus actitudes, con su manera de ver la realidad.


Tengan en todo a Jesús como modelo. Amen el anonadamiento de su pesebre, los pañales de su cuna, las espinas de su corona, la hiel de su cáliz y la madera de su cruz. Estos son mis deseos y los regalos que les envío.(A las hermanas, salutación por Año Nuevo)

Jesús, al contemplar en tu vida,
el modo que tú tienes de tratar a los demás,
me dejo interpelar por tu ternura.
Tu forma de amar nos mueve a amar.
Tu trato es como el agua cristalina,
que limpia y acompaña el caminar.

Jesús, enséñame tu modo
de hacer sentir al otro más humano.
Que tus pasos sean mis pasos,
mi modo de proceder.

Jesús, hazme sentir con tus sentimientos,
mirar con tu mirada,
comprometer mi acción;
donarme hasta la muerte por el reino,
defender la vida hasta la cruz,
amar a cada uno como amigo
y en la oscuridad llevar tu luz.

Jesús, yo quiero ser compasivo con quien sufre,
buscando la justicia, compartiendo nuestra fe.
Que encuentre una auténtica armonía
entre lo que creo y quiero ser;
mis ojos sean fuente de alegría,
que abrace tu manera de ser.

Quisiera conocerte, Jesús, tal como eres.
Tu imagen sobre mí es lo que transformará
mi corazón en uno como el tuyo,
que sale de sí mismo para dar;
capaz de amar al padre y los hermanos,
que va sirviendo al reino en libertad.


San Pedro Crisólogo (c. 380–450) fue obispo de Rávena, en Italia, y uno de los grandes predicadores de la Iglesia de los primeros siglos. Nació en Imola y fue elegido obispo hacia el año 433. Se distinguió por su profunda sabiduría, su cercanía al pueblo y su extraordinaria capacidad para explicar la fe con palabras sencillas y breves. Recibió el sobrenombre de «Crisólogo» por la elocuencia y profundidad de sus sermones. Se conservan más de 170 homilías, en las que exhorta a la conversión, la caridad, la oración y la misericordia de Dios. Defendió la fe católica frente a diversas herejías y promovió la unidad de la Iglesia. Murió alrededor del año 450 en su ciudad natal de Imola.
Fue proclamado Doctor de la Iglesia por el papa Benedicto XIII en 1729, en reconocimiento al valor permanente de su enseñanza.

Santa María Natividad Venegas de la Torre (1868–1959) fue una religiosa mexicana, fundadora de la Congregación de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús. Nació en Zapotlanejo, Jalisco, y desde joven sintió el llamado a servir a Dios y a los más necesitados.
En 1905 fundó la congregación con el propósito de atender a los enfermos, los pobres y los abandonados, especialmente en hospitales. Durante los años de la persecución religiosa en México continuó su misión con valentía y discreción, sosteniendo la fe y la caridad en tiempos difíciles. Se destacó por su profunda vida de oración, su humildad y su entrega incansable al servicio de los más vulnerables.
Falleció el 30 de julio de 1959 en Guadalajara. Fue canonizada por Juan Pablo II el 21 de mayo de 2000. Es ejemplo de amor a Cristo manifestado en el servicio generoso a los enfermos y a los pobres.