Jesús dijo a la multitud: El Reino de los Cielos se parece también a una red que se echa al mar y recoge toda clase de peces. Cuando está llena, los pescadores la sacan a la orilla y, sentándose, recogen lo bueno en canastas y tiran lo que no sirve. Así sucederá al fin del mundo: vendrán los ángeles y separarán a los malos de entre los justos, para arrojarlos en el horno ardiente. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.¿Comprendieron todo esto?Sí le respondieron.Entonces agregó: Todo escriba convertido en discípulo del Reino de los Cielos se parece a un dueño de casa que saca de sus reservas lo nuevo y lo viejo.Cuando Jesús terminó estas parábolas se alejó de allí.
En nuestro mundo hay gente excelente y otros que no miran más que su propio interés. Jesús fue claro en que no nos toca a nosotros separar lo bueno de lo malo, que dejemos a Dios juzgar a cada uno. Seguro que si lo hacemos nosotros, caeremos en injusticias por desconocer el corazón de cada uno.Pero, lo que sí nos toca a nosotros es mirar nuestro propio mundo interior, entrar en el corazón, para descubrir allí el entramado de deseos, intereses, motivaciones que mueven nuestra vida. Hay una verdad que a veces incomoda: ninguno de nosotros es totalmente bueno ni completamente malo. Todos llevamos una mezcla de luces y sombras, de generosidad y egoísmo, de fidelidad e incoherencia.Cuando la Palabra de Dios ilumina nuestra vida, deja al descubierto esa realidad interior. Como dice san Pablo: «No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Rm 7,19). En lo más profundo de nosotros se enfrentan dos fuerzas: el buen espíritu, que nos impulsa hacia Dios, hacia el amor, la verdad y el servicio; y el mal espíritu, que nos seduce con el orgullo, la indiferencia, el resentimiento, la comodidad o el egoísmo.Esa lucha no ocurre en un lugar lejano ni en personas extraordinarias. El único campo de batalla es el propio corazón. Allí se decide, una y otra vez, el rumbo de nuestra vida. Por eso Jesús insiste tanto en el corazón, ya que de él salen las intenciones buenas y malas. (cf. Mt 15,19).Reconocer esta batalla interior no debería desanimarnos. Al contrario, nos hace más humildes. Nos ayuda a comprender que nadie puede sentirse definitivamente vencedor ni definitivamente derrotado. Todos necesitamos la gracia de Dios cada día. También nos vuelve más misericordiosos con los demás, porque comprendemos que ellos libran combates semejantes a los nuestros.El bien y el mal seguirán peleando en nuestro corazón hasta el último minuto de nuestra vida. Lo bueno es que tenemos a Jesús que nos acompaña en nuestra lucha, si lo dejamos intervenir. Si nos abrimos a Él, si dejamos que el Espíritu trabaje, poco a poco nos iremos ‘convirtiendo’ en otros Jesús, con sus intereses, con sus actitudes, con su manera de ver la realidad.
Tengan en todo a Jesús como modelo. Amen el anonadamiento de su pesebre, los pañales de su cuna, las espinas de su corona, la hiel de su cáliz y la madera de su cruz. Estos son mis deseos y los regalos que les envío.(A las hermanas, salutación por Año Nuevo)
Jesús, al contemplar en tu vida,el modo que tú tienes de tratar a los demás,me dejo interpelar por tu ternura.Tu forma de amar nos mueve a amar.Tu trato es como el agua cristalina,que limpia y acompaña el caminar.Jesús, enséñame tu modode hacer sentir al otro más humano.Que tus pasos sean mis pasos,mi modo de proceder.Jesús, hazme sentir con tus sentimientos,mirar con tu mirada,comprometer mi acción;donarme hasta la muerte por el reino,defender la vida hasta la cruz,amar a cada uno como amigoy en la oscuridad llevar tu luz.Jesús, yo quiero ser compasivo con quien sufre,buscando la justicia, compartiendo nuestra fe.Que encuentre una auténtica armoníaentre lo que creo y quiero ser;mis ojos sean fuente de alegría,que abrace tu manera de ser.Quisiera conocerte, Jesús, tal como eres.Tu imagen sobre mí es lo que transformarámi corazón en uno como el tuyo,que sale de sí mismo para dar;capaz de amar al padre y los hermanos,que va sirviendo al reino en libertad.