Santa Clara

En aquel momento los discípulos se acercaron a Jesús para preguntarle: ¿Quién es el más grande en el Reino de los Cielos?
​Jesús llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: Les aseguro que si ustedes no cambian o no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos.
Por lo tanto, el que se haga pequeño como este niño, será el más grande en el Reino de los Cielos.
El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí mismo.
Cuídense de despreciar a cualquiera de estos pequeños, porque les aseguro que sus ángeles en el cielo están constantemente en presencia de mi Padre celestial.
¿Qué les parece? Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se pierde, ¿no deja las noventa y nueve restantes en la montaña, para ir a buscar la que se extravió?
Y si llega a encontrarla, les aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se extraviaron.
De la misma manera, el Padre que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños.

Para entrar en el Reino de los cielos, hace falta un pasaporte: ser pequeño. Ésta es la identidad que nos distingue delante de Dios;
la virtud que más nos acerca a Él.
Una canción dice: “¿Qué tendrá lo pequeño, que a Dios tanto le agrada?”
Cristo nos enseña en este Evangelio que ser pequeño significa volver a ser niño. Implica un cambio, recuperar cada día aquel tesoro que se va desgastando con los años…

Un niño tiene las manos pequeñas.
Todo le queda grande, todo le sobrepasa, en todas las sillas sus pies quedan colgando.
Pero es feliz aunque no tenga el control de todo.
Más aún, su felicidad consiste en que no quiere controlarlo todo.
El niño vive para recibir, para descubrir, para sorprenderse.
La grandeza de un niño no está en su poder sobre cosas y personas; más bien él es libre de este deseo de gobernar su mundo.
Y así como él encuentra su seguridad en papá y mamá, cada uno de nosotros cuenta con un Padre maravilloso, quien de verdad lo gobierna todo para nuestro bien.
Cuando sentimos que nuestras manos son pequeñas, que no podemos agarrarlo todo y dirigir las circunstancias…ésta es la oportunidad para ser niños de nuevo, poniendo nuestra confianza en Dios.

Un niño está apenas entrando al mundo. Le falta experiencia. Cada día aprende algo nuevo.
Y si cae al dar los primeros pasos, pronto su mamá lo levanta para que siga aprendiendo a caminar.
Esto también es ser pequeño. No somos perfectos ni lo sabemos todo.
¡Cuántas veces cometemos errores, nos caemos, o nos perdemos!
Pero esta realidad no es un motivo para desanimarnos. Todo lo contrario: saber que nos hemos perdido nos abre las puertas para descubrir que Dios nos busca.
Cuando admitimos la caída con sencillez de niño, podemos alegrarnos con mayor gratitud hacia Dios que nos levanta.
Al reconocer los propios límites nos damos cuenta que tenemos un Padre de Amor y misericordia sin límites.

María, madre nuestra, enséñanos a ser como niños.
Cambia nuestro corazón y hazlo como el de tu Hijo Jesús.
Que aprendamos, como Él, a vivir siempre en las manos del Padre.
(Catholic.net)


Me alegro de que estés contento con tus niños; ámalos mucho y santifícalos a todos. (Al H. Marcel, 29 de octubre de 1832)

Permanezcan en la mano de Dios como pequeños niños muy humildes, muy dóciles, muy sencillos que se dejan llevar, traer, levantar, acostar, que son dóciles y dispuestos a toda clase de movimientos, y Dios los bendecirá, los iluminará, y los recompensará en la eternidad del bien que hubiesen querido hacer como del que han hecho. (S VII p. 223
2)

¿Dime qué pasó?
Nos separamos los dos.
Vuelve a soñar. Sueña sin temor.
Encuéntrame que cerca, cerca estoy,
En el laberinto, que tu mente creó.
Toma mi mano y demos vuelta a nuestro mundo
Peleemos contra el tiempo
que sí estamos juntos
volverán dragones y princesas.
Llegarás a marte si lo intentas.
Le dirás al sol que no se apague
hasta que el juego no se acabe.
Comeremos sin que nos importe
que los dulces nos engorden.
Que al final ser niño es lo que cuenta.
Ponte tu capa, ven y vuela.
Ponte tu capa, ven y vuela.
Ponte tu capa, ven y vuela.
Como quisiera explicarte
que el tiempo nos cambió,
pero somos iguales.
Dejaste atrás la fantasía,
ese correr sin ir de prisa.
Déjame encontrar tu corazón,
démole la vuelta al sol,
que esa alegría que nunca se olvida
vuelva a ser parte de tu vida.
Toma mi mano y demos vuelta a nuestro mundo.
Peleemos contra el tiempo
que sí estamos juntos
volverán dragones y princesas.
Llegarás a marte si lo intentas
Le dirás al sol que no se apague,
hasta que el juego no se acabe.
Comeremos sin que nos importe
que los dulces nos engorden.
Que al final ser niño es lo que cuenta.
Ponte tu capa, ven y vuela.
Ponte tu capa, ven y vuela.
Ponte tu capa, ven y vuela.
Ponte tu capa, ven y vuela,
desde Colombia a Venezuela.
Volverán dragones y princesas.
Llegarás a marte si lo intentas.
Le dirás al sol que no se apague,
hasta que el juego no se acabe.
Comeremos sin que nos importe,
que los dulces nos engorden,
que al final ser niño es lo que cuenta.
Ponte tu capa, ven y vuela.
Ponte tu capa, ven y vuela.
Ven y vuela.
Qué pasó, nos separamos los dos.
Vuelve a soñar,
sueña sin temor.


Santa Clara de Asís (1194-1253) nació en Asís, Italia, en el seno de una familia noble. Desde joven sintió un fuerte deseo de consagrarse a Dios y quedó profundamente impresionada por la vida y la predicación de Francisco de Asís.
A los 18 años, decidió abandonar la comodidad de su familia. En la noche del Domingo de Ramos de 1212 huyó de su casa y se encontró con Francisco y sus hermanos en la pequeña iglesia de la Porciúncula. Allí se cortó el cabello, recibió un hábito sencillo y comenzó una nueva vida dedicada a Dios.
Poco después se instaló en el convento de San Damián, donde se le unieron otras mujeres, entre ellas sus hermanas y su madre. Así nació la comunidad que más tarde sería conocida como las Clarisas. Clara quiso vivir el mismo ideal de Francisco: pobreza, sencillez, fraternidad, oración y confianza absoluta en Dios. Renunció incluso a poseer bienes comunitarios, algo muy poco habitual en los monasterios de aquella época.
Fue una mujer de profunda oración y, al mismo tiempo, de gran fortaleza. Durante muchos años estuvo enferma, pero continuó acompañando y animando a sus hermanas. Sentía una especial devoción por Jesús presente en la Eucaristía.
Poco antes de morir consiguió que el papa aprobara la regla de vida que ella había defendido durante tantos años, basada especialmente en la pobreza evangélica.
Murió en San Damián el 11 de agosto de 1253. Dos años después fue canonizada.