Beato Ceferino Namuncurá

Jesús dijo: ¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que parecen sepulcros blanqueados: hermosos por fuera, pero por dentro llenos de huesos de muertos y de podredumbre!
Así también son ustedes: por fuera parecen justos delante de los hombres, pero por dentro están llenos de hipocresía y de iniquidad.
¡Ay de ustedes, escribas y fariseos hipócritas, que construyen los sepulcros de los profetas y adornan las tumbas de los justos, diciendo: «Si hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no nos hubiéramos unido a ellos para derramar la sangre de los profetas»! De esa manera atestiguan contra ustedes mismos que son hijos de los que mataron a los profetas. ¡Colmen entonces la medida de sus padres!

Jesús sigue atacando nuestras actitudes hipócritas, las que detrás de hermosas fachadas esconden torcidas intenciones. Tantas veces tenemos la sonrisa en la boca y el veneno en el corazón.

Tenemos la imagen de que eso pasa entre los políticos. Pero no hace falta ir lejos para observar este fenómeno: basta mirar el corazón. Cuesta la verdad, aunque sabemos que nos hace libres. Aparentamos tantas veces lo que no sentimos, deseamos de palabra lo que no deseamos con el corazón, buscamos interiormente lo contrario a lo que decimos buscar.
Es el trigo y la cizaña que crecen en el interior, y que a veces no podemos cambiar, porque no todo depende de nosotros.

El papa Francisco dice que “la hipocresía es el lenguaje del diablo, es el lenguaje del mal que entra en nuestro corazón…”

San Ignacio de Loyola, que enseñó a la Iglesia el arte del discernimiento, nos dejó una hermosa oración al respecto:

Señor,
ayúdame a clarificar mis intenciones.
purifica mis sentimientos,
santifica mis pensamientos
y bendice mis esfuerzos,
para que todo en mi vida
sea de acuerdo a tu voluntad.
Tengo tantos deseos contradictorios,
me preocupo por cosas
que ni importan, ni son duraderas.
Pero sé que si te entrego mi corazón
haga lo que haga, seguiré a mi nuevo corazón…


Tenga seguridad de que yo creo en la rectitud y la pureza de sus intenciones; y si graves motivos me impiden obrar siempre como usted lo desearía que yo lo haga, no vaya a creer que lo amo menos por esto y que no valore todo el servicio que hace. (Al padre Évain, 29-05-1842)

Hoy abrí mi Biblia
y tu luz me golpeó.
Mateo 23 me mostró quién soy yo.
Hablo de tu Nombre,
pero vivo al revés.
soy copa brillante,
sucia en el fondo otra vez.

Me encanta que me vean santo,
que crean que todo lo hago bien.
Pero tú miras lo que escondo,
lo que ni yo quiero ver.
Tanta religión sin vida,
tanto orgullo disfrazado de fe.
Hoy entiendo que esas palabras
eran para mí también.

Yo soy el fariseo,
el que fingía luz,
sepulcro balnqueado,
lejos de Jesús.
Yo soy el que habla,
pero no cambia;
copa limpia fuera,
sucia en el alma.
Pero tu verdad me parte en dos,
por que le fariseo,
el fariseo soy yo.

Quise dos caminos:
tu cruz y mi ambición.
quería tu Cielo,
pero no la rendición.
Predico cargas
que no siquiera cargo.
Digo: Te amo,
pero no siempre lo hago.

Busqué honra humana,
buscaba el primer lugar.
Quería aplausos. Olvidé
que tú miras más allá.

Somos ciegos, guiando ciegos,
sin saber adónde vamos a parar.
Tu voz rompe mis excusas.
Tira mi máscara al suelo.
Mateo 23, no es historia,
es el espejo que hoy veo.

Yo soy el fariseo,
el que fingía luz,
sepulcro blanqueado,
lejos de Jesús.
Yo soy el que habla,
pero no cambia;
copa limpia fuera,
sucia en el alma.
Pero tu verdad me parte en dos,
porque el fariseo,
el fariseo soy yo.

Líbrame del ruido del mundo,
del orgullo que me quiere gobernar.
Limpia la copa desde dentro,
hazme verdadero sin máscaras.
No quiero ser religioso muerto,
quiero agradarte como David.
Dame un corazón conforme al tuyo,
derriba el falso trono en mí.

Soy el fariseo,
pero me llamas hoy.
Rompes mis cadenas,
sanas mi corazón.
Ya no quiero honores,
ya no quiero el control.
Quiero ser el último
en tu Reino, Señor.

Mateo 23, me devolvió la voz.
Si tú me limpias,
nuevo seré yo.


Ceferino Namuncurá nació el 26 de agosto de 1886 en Chimpay, Río Negro. Era hijo del cacique mapuche Manuel Namuncurá y nieto del célebre cacique Calfucurá. Desde pequeño conoció las dificultades que atravesaba su pueblo y manifestó el deseo de formarse para poder ayudarlo.
A los once años viajó a Buenos Aires, donde ingresó en un colegio salesiano. Allí aprendió castellano, estudió con entusiasmo y profundizó su fe cristiana. Se destacó por su sencillez, alegría, compañerismo y profunda vida de oración. Su gran deseo era ser sacerdote para anunciar el Evangelio y servir a su pueblo mapuche.
En 1904 viajó a Italia para continuar sus estudios, pero padecía tuberculosis. Murió en Roma el 11 de mayo de 1905, cuando tenía apenas 18 años. Sus restos descansan actualmente en San Ignacio, Neuquén.
El papa Benedicto XVI lo declaró beato en 2007, en una celebración realizada en Chimpay. Ceferino es recordado como el “Lirio de la Patagonia” y como ejemplo de santidad juvenil, encuentro entre culturas y entrega generosa a Dios y a los demás.