San Agustín

Jesús dijo a sus discípulos: El Reino de los Cielos será semejante a diez jóvenes que fueron con sus lámparas al encuentro del esposo.
Cinco de ellas eran necias y cinco, prudentes. Las necias tomaron sus lámparas, pero sin proveerse de aceite, mientras que las prudentes tomaron sus lámparas y también llenaron de aceite sus frascos. Como el esposo se hacía esperar, les entró sueño a todas y se quedaron dormidas.
Pero a medianoche se oyó un grito: «¡Ya viene el esposo, salgan a su encuentro!»
Entonces las jóvenes se despertaron y prepararon sus lámparas.
Las necias dijeron a las prudentes: ¿Podrían darnos un poco de aceite, porque nuestras lámparas se apagan?
Pero éstas les respondieron: No va a alcanzar para todas. Es mejor que vayan a comprarlo al mercado.
Mientras tanto, llegó el esposo. Las que estaban preparadas entraron con él en la sala nupcial y se cerró la puerta.
Después llegaron las otras jóvenes y dijeron: Señor, señor, ábrenos, pero él respondió: Les aseguro que no las conozco.
Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora.

Hoy, Señor,
quiero iluminar la lámpara de mi vida con la tuya.
«Quiero que tu luz me deje ver la luz».
La lámpara de mi vida está siempre apagada si no se deja iluminar por tu luz.
Yo no puedo presumir de ser astro con luz propia;
prefiero ser iluminado por Ti, que alumbras siempre
y no puedes dejar de alumbrar.

  • Lo que Jesús nos pide es que estemos preparados para el encuentro, un encuentro bello, el encuentro con Jesús, que significa saber ver los signos de su presencia, tener viva nuestra fe, con la oración, con los Sacramentos, estar vigilantes para no adormecernos, para no olvidarnos de Dios. (Papa Francisco)
  • Cada uno tiene su luz, en cada uno Dios ha dejado una luz particular, una luz que le hace ser él mismo. Por eso, en el Reino de los cielos cada uno tiene que ser él mismo. Unas luces son más fuertes, otras más débiles, otras cambian constantemente… Y así podemos encontrar un sinfín de luces tantas como personas. (Papa Francisco)
  • Cada uno tiene que cuidar y dar cuentas de esa luz que recibió. Porque esa lámpara que Dios nos ha dado la tenemos que poner en el candelabro. Y puede que a veces no me guste mi lámpara, no me guste mi luz o gaste mi aceite. Puede que a veces utilice mis cualidades para presumir o a veces quiera ocultar esa luz, esas virtudes o defectos. Incluso a veces no quiero mi lámpara…Y siempre estoy queriendo la vela o el aceite de los otros. (Papa Francisco)
  • La lámpara que tengo es la mejor, ¡porque es mi lámpara! Es un regalo de Dios. Lo importante es ver mi vida y mi historia desde los ojos de Dios y no desde una mirada humana. He de elevar la mirada; contemplar la maravillosa obra de Dios en mi vida y darle las gracias. (Papa Francisco)

Jesús,
Hazme hablar siempre como si fuese la última palabra que digo.
Hazme actuar siempre como si fuese la última acción que hago.
Hazme sufrir siempre como si fuese el último sufrimiento que tengo para ofrecerte.
Hazme orar siempre como si fuese la última posibilidad que tengo aquí en la tierra para conversar contigo.


Recuerden lo que se dijo a las Vírgenes del Evangelio: “El esposo llega, salgan a su encuentro”. Prepárenle en ustedes mismos una morada. Esta preparación consiste principalmente en desear su venida, y en apresurarse en corregir y cercenar todo lo que puede desagradarle. Disfrutar conversando con los hermanos de la dicha de la que se va a gozar; animarse los unos a los otros a no recibir en vano el don de Dios; temer no corresponder fielmente a una gracia tan excelente. (Consejos para antes del retiro)

Enciendo hoy mi lámpara, Señor.
Y con ella esperar.
Y de aceite la lleno,
no se me vaya a apagar.

Enciendo hoy mi lámpara, Señor,
pues me quiero preparar
para cuando Cristo vengas,
contigo a la fiesta entrar.

Mi lámpara encendida está, Jesús.
concédeme entrar al banquete
de tu Reino. Déjame participar.

Enciendo hoy mi lámpara, Señor.
Y con ella iluminar
la esperanza de que un día
hacia el cielo caminar.


San Agustín nació en el año 354 en Tagaste, al norte de África. Su madre, santa Mónica, era una ferviente cristiana y rezó durante muchos años por su conversión. En su juventud, Agustín llevó una vida alejada de la fe, buscando la verdad en distintas filosofías y dejándose llevar por una vida desordenada.
Siendo profesor de retórica, viajó a Roma y luego a Milán. Allí conoció al obispo san Ambrosio, cuyas enseñanzas lo ayudaron a acercarse al cristianismo. Después de una profunda lucha interior, se convirtió y fue bautizado en el año 387. Poco después regresó a África, donde fue ordenado sacerdote y más tarde nombrado obispo de Hipona.
Como obispo, se destacó por su predicación, su cercanía con el pueblo y la defensa de la fe. Escribió obras fundamentales, como Las Confesiones y La ciudad de Dios. Enseñó que el corazón humano busca incansablemente a Dios y que sólo en Él encuentra su verdadera paz.
Murió en Hipona en el año 430. Es uno de los grandes Padres y doctores de la Iglesia. Una de sus frases más conocidas es: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».