Santa Mónica

Jesús dijo: Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor.
Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa.
Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada.
¿Cuál es, entonces, el servidor fiel y previsor, a quien el Señor ha puesto al frente de su personal, para distribuir el alimento en el momento oportuno?
Feliz aquel servidor a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo. Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes.
Pero si es un mal servidor, que piensa: “Mi señor tardará”, y se dedica a golpear a sus compañeros, a comer y a beber con los borrachos, su señor llegará el día y la hora menos pensada, y lo castigará. Entonces él correrá la misma suerte que los hipócritas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes.

Jesús nos invita a vivir despiertos. No se trata de tener miedo ni de estar calculando cuándo llegará el final, sino de vivir cada día con el corazón preparado para encontrarnos con Él.

A veces dejamos para mañana lo más importante: pedir perdón, reconciliarnos, ayudar a alguien, dedicar tiempo a la familia, volver a rezar o cambiar aquello que sabemos que está mal. Pensamos que siempre habrá otra oportunidad. Pero Jesús nos recuerda que la vida es frágil y que no conocemos ni el día ni la hora.

Estar prevenidos significa cuidar la “casa” de nuestra vida: no permitir que el egoísmo, la indiferencia, la superficialidad o el rencor vayan perforando silenciosamente sus paredes. Significa permanecer atentos a la presencia de Dios, que muchas veces llega de manera inesperada: en una persona que necesita ayuda, en una palabra que nos interpela, en un acontecimiento doloroso o en una oportunidad para amar.

El Señor no sólo vendrá al final de nuestra vida; viene constantemente a nuestro encuentro. Por eso, estar preparados es vivir amando, sirviendo y haciendo el bien hoy. Quien vive de esta manera no necesita temer su llegada: la espera con esperanza, porque reconoce en quien viene al mismo Jesús a quien procuró recibir cada día.


¡Oh! No es suficiente, con que esté escrito: “sean perfectos como su padre celestial es perfecto”. Por el contrario, es necesario que mi fervor aumente, que llegue a ser cada vez más piadoso y más puro, más fiel en imitar a Jesucrito y en seguir las inspiraciones de su gracia, para que el día de su venida, sea conforme a él y que en el cielo se consuma esta perfecta semejanza con él, que será durante la eternidad mi gloria y mi dicha. “Sean perfectos como su padre celeste es perfecto” “Serán semejantes a él” (Sermón sobre la obligación de tender a la perfección) 

Amarte a ti, Señor
en todas las cosas
y a todas en ti;
en todo amar y servir,
en todo amar y servir.

Tu amor me ha dado vida,
tu amor me ha dado ser,
de ti me viene todo
y a ti debe volver.

Gustoso pues te ofrezco
mi haber, mi poseer.
Tu amor y gracia dame,
demás no es menester.

Presente en las creaturas
y activo en todo estás;
en mí como en un templo
te dignas a habitar.

De ti, bondad y gracia
me llueven sin cesar.
Mi oficio ya no es otro
sino servir y amar.


Santa Mónica nació en el año 331 en Tagaste, al norte de África, en el seno de una familia cristiana. Se casó con Patricio, un hombre de carácter difícil y alejado de la fe, a quien acompañó con paciencia y amor hasta lograr su conversión.
Fue madre de san Agustín, quien durante muchos años llevó una vida alejada del cristianismo. Mónica nunca dejó de rezar por él y lo acompañó con lágrimas, esperanza y perseverancia. Finalmente, tuvo la alegría de verlo convertido y bautizado por san Ambrosio en Milán.
Poco después, mientras regresaban a África, Mónica murió en Ostia, cerca de Roma, en el año 387. Es patrona de las madres, especialmente de aquellas que sufren por sus hijos. Su vida enseña el valor de la oración perseverante, la paciencia y la confianza inquebrantable en Dios.