Beato Bartolomé Gutiérrez

Jesús, al salir de la sinagoga, entró en la casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre y le pidieron que hiciera algo por ella.
Inclinándose sobre ella, Jesús increpó a la fiebre y ésta desapareció. En seguida, ella se levantó y se puso a servirlos.
Al atardecer, todos los que tenían enfermos afectados de diversas dolencias se los llevaron, y él, imponiendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba.
De muchos salían demonios, gritando: Tú eres el Hijo de Dios!. Pero él los increpaba y no los dejaba hablar, porque ellos sabían que era el Mesías.
Cuando amaneció, Jesús salió y se fue a un lugar desierto. La multitud comenzó a buscarlo y, cuando lo encontraron, querían retenerlo para que no se alejara de ellos.
Pero él les dijo: También a las otras ciudades debo anunciar la Buena Noticia del Reino de Dios, porque para eso he sido enviado.
Y predicaba en las sinagogas de toda la Judea.

COMENTARIO

Jesús vive intensamente al servicio de los demás. Entra en la casa de Pedro, cura a su suegra, recibe a los enfermos y escucha a quienes se acercan con sus necesidades. No se encierra en sí mismo ni considera a las personas una molestia: para cada una tiene tiempo, cercanía y compasión.

Pero el Evangelio también nos muestra el secreto de su entrega: al amanecer, cuando todavía todos duermen, Jesús se retira a un lugar apartado para encontrarse con el Padre. Su oración no es una evasión ni un descanso egoísta; es la fuente de la que brotan su fuerza, su libertad y su amor.

También nosotros podemos vivir atrapados por las tareas, las urgencias y los reclamos. Incluso las buenas obras pueden agotarnos si perdemos el contacto con Dios.
Jesús nos enseña que no debemos elegir entre oración y servicio. Necesitamos ambas cosas, necesitamos acercarnos a Dios para poder acercarnos mejor a los demás.

Retirarnos un momento, hacer silencio y rezar no significa desentendernos de las necesidades del mundo. Significa volver a la Fuente para amar con un corazón renovado. Quien no se detiene corre el riesgo de vaciarse; quien se encuentra con Dios aprende a entregarse sin perder la paz.


Estos días del retiro son, en verdad, los días que el Señor ha hecho. Días felices, en los que Él os conduce a la soledad, lejos del ruido del mundo y de sus distracciones, para hablar a su corazón y para revelaros sus designios de amor sobre sus alma; días de gracias y de bendiciones en el que os envolverá con sus luces, en los que nos envía hacia ustedes para anunciaros su palabra y sus juicios, para que, dóciles a lo que vayamos a decir de parte suya, ocupéis con más cuidado del que han tenido hasta ahora el más importante de sus quehaceres, el de sus salvación.

CANCIÓN
Me bastas, Señor – María Ángel