San Ramón Nonato

Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor».
Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él.
Entonces comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír.
Todos daban testimonio a favor de él y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. Y decían: ¿No es este el hijo de José?
Pero él les respondió: Sin duda ustedes me citarán el refrán: «Médico, cúrate a ti mismo». Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaúm.
Después agregó: Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó a todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón.
También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue curado, sino Naamán, el sirio.
Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.

Los habitantes de Nazaret querían un Dios que les concediera privilegios por ser miembros del ‘pueblo escogido’. A ellos y a nadie más. Por eso se enojan cuando Jesús les recuerda las historias de la viuda de Sarepta y de Naamán, el sirio.
Jesús, en cambio, les presenta a un Dios que ama también al extranjero, al diferente y al que queda fuera de nuestros círculos. Dios no tiene fronteras. Dios no pertenece exclusivamente a un pueblo, una institución o un grupo religioso. Su gracia llega a todo aquel que abre el corazón con humildad.

Por eso los habitantes de Nazaret se enfurecen: no soportan que la misericordia de Dios sea más amplia que sus propios límites. Y además que venga a decírselo un paisano, alguien a quien conocen desde niño. ‘¿De dónde saca esas tontas teorías? ¿A quién se le ocurre poner a un extranjero al mismo nivel que a un judío?’

Esta escena nos obliga a preguntarnos: ¿Nos alegramos cuando Dios bendice a quienes son distintos de nosotros? ¿Reconocemos su presencia en las personas sencillas y conocidas, o pensamos que no pueden enseñarnos nada?
El Evangelio nos invita a no encerrar a Dios en nuestros prejuicios. El Espíritu del Señor sigue actuando hoy en todos, en los amigos y los enemigos, en los ‘nuestros’ y en los otros, etc.
Para reconocerlo necesitamos un corazón humilde, capaz de dejarse sorprender y de alegrarse porque el amor de Dios es para todos.


Dios mío, dame el corazón de todos los hombres, para que te ame por todos los hombres. (A Bruté de Rémur, 1810)

Dile a quien sufre en su soledad:
No debes temer,
pues el Señor, tu Dios, poderoso,
cuando invoques su nombre,
Él te salvará.

Él vendrá y te salvará.
Él vendrá y te salvará.
Dile al cansado que Él pronto volverá.
Él vendrá y te salvará.
Él vendrá y te salvará,
Él vendrá y te salvará.
Alza tus ojos hoy, Él te levantará.
Él vendrá y te salvará.

Dile a quien tiene herido el corazón:
No pierdas la fe,
pues el Señor, tu Dios, con su gran amor,
cuando invoques su nombre,
Él te salvará.

Es refugio en el peligro,
nuestro escudo en la tormenta,
fortaleza en el sufrimiento,
defensa en la guerra es. ¡Fuerte es!


San Ramón Nonato nació hacia el año 1204 en Cataluña, España. Según la tradición, recibió el nombre de “Nonato”, que significa “no nacido”, porque fue extraído del vientre de su madre después de que ella muriera durante el parto.
Ingresó en la Orden de la Merced, fundada para rescatar a los cristianos que habían sido capturados y esclavizados en tierras musulmanas. Ramón viajó al norte de África y empleó los bienes de la Orden para liberar cautivos. Cuando se quedó sin dinero, se ofreció a sí mismo como rehén para conseguir la libertad de otros.
Durante su cautiverio continuó anunciando el Evangelio y alentando a los prisioneros. Por eso fue sometido a crueles castigos. La tradición cuenta que sus perseguidores le perforaron los labios y los cerraron con un candado para impedirle predicar. Finalmente, los mercedarios pagaron su rescate y pudo regresar a España.
Murió en Cardona alrededor del año 1240. Es patrono de las embarazadas, las madres, los recién nacidos y quienes atraviesan partos difíciles.