CRUZ II

«Me muestran la cruz y me dicen: ¡Huye! No, no huiré, iré hacia adelante, la tomaré, abrazaré la cruz, porque es por la cruz por la que he sido salvado. ¡Oh cruz, mi única esperanza! Cruz divina, yo te abrazo vivamente, es por Ti que quiero morir». (Memorial 28)

Señor, que puedas encontrar en nosotros
todas las perfecciones de tu Hijo,
que seamos,
en la medida que nos lo permita la humana debilidad,
revestidos de Jesucristo,
que sigamos a Cristo en todos sus caminos,
que juzguemos todas las cosas como Él las juzga,
que amemos lo que Él ama,
que despreciemos lo que él desprecia,
que todos nuestros pensamientos
sean conformes a sus pensamientos
y que seamos su imagen viva. (JMLM)

Cuánto he esperado este momento,
cuánto he esperado que estuvieras aquí,
cuánto he esperado que me hablaras,
cuánto he esperado que vinieras a mí.

Yo sé bien lo que has vivido,
sé también lo que has llorado,
yo sé bien lo que has sufrido,
pues de tu lado no me he ido.

Pues nadie te ama como yo.
Pues nadie te ama como yo.
Mira la cruz,
esa es mi más grande prueba.
Nadie te ama como yo.

Pues nadie te ama como yo.
Pues nadie te ama como yo.
Mira la cruz. Fue por ti,
fue porque te amo.
Nadie te ama como yo.

Yo sé bien lo que me dices,
aunque a veces no me hables,
yo sé bien lo que tú sientes,
aunque nunca lo compartes.

A tu lado he caminado,
junto a ti yo siempre he ido,
aún a veces te he cargado,
yo he sido tu mejor amigo. 

Antífona 1
No basta llevar el crucifijo en el pecho, es necesario tener en el corazón un sincero amor a la cruz. 
  

Salmo 21 I
El siervo de Dios sufriente

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?;
a pesar de mis gritos, mi oración no te alcanza.

Dios mío, de día te grito, y no respondes;
de noche, y no me haces caso;
aunque tú habitas en el santuario,
esperanza de Israel.

En ti confiaban nuestros padres;
confiaban, y los ponías a salvo;
a ti gritaban, y quedaban libres,
en ti confiaban, y no los defraudaste.

Pero yo soy un gusano, no un hombre,
vergüenza de la gente, desprecio del pueblo;
al verme se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere.»

Tú eres quien me sacó del vientre,
me tenías confiado en los pechos de mi madre;
desde el seno pasé a tus manos,
desde el vientre materno tú eres mi Dios.
No te quedes lejos, que el peligro está cerca
y nadie me socorre.

Me acorrala un tropel de novillos,
me cercan toros de Basán;
abren contra mí las fauces
leones que descuartizan y rugen.

Estoy como agua derramada,
tengo los huesos descoyuntados;
mi corazón, como cera,
se derrite en mis entrañas;

mi garganta está seca como una teja,
la lengua se me pega al paladar;
me aprietas contra el polvo de la muerte.

Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos.

Ellos me miran triunfantes,
se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.

Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme.
Líbrame a mí de la espada,
y a mi única vida, de la garra del mastín;
sálvame de las fauces del león;
a este pobre, de los cuernos del búfalo.
Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Antífona 1
No basta llevar el crucifijo en el pecho, es necesario tener en el corazón un sincero amor a la cr
uz.   


Antífona 2
Recuerde que debe tener en el corazón un sincero amor de esta cruz, de la cual lleva la imagen en el pecho.  


Salmo 21 II

Fieles del Señor, alábenlo;
linaje de Jacob, glorifíquenlo;
témanlo, linaje de Israel.

Porque no ha sentido desprecio ni repugnancia
hacia el pobre desgraciado;
no le ha escondido su rostro:
cuando pidió auxilio, lo escuchó.

Él es mi alabanza en la gran asamblea,
cumpliré mis votos delante de sus fieles.
Los desvalidos comerán hasta saciarse,
alabarán al Señor los que lo buscan:
viva su corazón por siempre.

Lo recordarán y volverán al Señor
hasta de los confines del orbe;
en su presencia se postrarán
las familias de los pueblos.

Porque del Señor es el reino,
él gobierna a los pueblos.
Ante él se postrarán las cenizas de la tumba,
ante él se inclinarán los que bajan al polvo.

Me hará vivir para él, mi descendencia le servirá,
hablarán del Señor a la generación futura,
contarán su justicia al pueblo que ha de nacer;
todo lo que hizo el Señor.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Antífona 2
Recuerde que debe tener en el corazón un sincero amor de esta cruz, de la cual lleva la imagen en el pecho.  

Sin duda tendremos que sufrir en estas pruebas; ¡Bendito sea Dios! Después de todo, somos los discípulos de ese Jesús que ha vivido pobre, que fue humillado y condenado al suplicio de la cruz. Considerémonos pues, felices cuando Dios nos llama a llevar la imagen de su divino Hijo traicionado, ultrajado, crucificado; no vivamos más que de la pura fe, no toquemos la tierra más que con nuestros pies; que nuestros corazones se eleven hasta el cielo.

Hijos míos todas las palmas de los mártires, de los confesores de la fe, del celo apostólico no han sido aún distribuidas; quedan para nosotros. Vayamos pues, con alegría, ante las que nos son ofrecidas para conquistar; lancémonos a tomarlas; y si perseveramos hasta el fin; serán nuestras (Apertura de un retiro a los Hermanos, S VII 2247)

Antífona
¿Acaso Jesucristo nos dejó su evangelio para adularnos los oídos? La cruz, la cruz, ésa es su elocuencia. Ella es tan hermosa que ha persuadido a los sabios y a los ignoran­tes, al griego y al bárbaro; es tan fuerte que ha subyugado la tierra.    

Bendito es nuestro Dios
porque ha venido a redimir
a su pueblo con amor.

Él nos envió al poderoso salvador ,
Jesucristo, el Señor.
Y así nos concedió ser libres del temor
al rescatarnos del poder del mal,
a fin de servir con justicia y santidad
y hacer su perfecta voluntad.
/Amén y amén/ (bis)

Antífona
¿Acaso Jesucristo nos dejó su evangelio para adularnos los oídos? La cruz, la cruz, ésa es su elocuencia. Ella es tan hermosa que ha persuadido a los sabios y a los ignoran­tes, al griego y al bárbaro; es tan fuerte que ha subyugado la tierra.  
   

A cada intención respondemos:
Por tu Cruz, redimiste al mundo

-. Señor, que al contemplarte en la cruz recordemos tu amor inmenso por nosotros.

-. Señor, que al ver hermanos y hermanas que sufren no nos quedemos de brazos cruzados.

-. Señor, agudiza nuestra sensibilidad para percibir el dolor de nuestros hermanos de comunidad.

-. Señor, enséñanos a orar por las necesidades del género humano.

-. Señor, danos la gracia de unir nuestros sufrimientos a tus sufrimientos, por la redención del mundo.

-. Señor, que la Familia Menesiana sepa aliviar el dolor de los más pequeños, allí donde hace misión.

Dios de infinita misericordia, que por la Cruz gloriosa de tu Hijo nos has redimido y nos has dado vida eterna, concédenos mirar siempre este signo de amor para que, abrazando nuestra propia cruz, sigamos fielmente a Jesús, nuestro Salvador, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios por los siglos de los siglos. Amén.