San Juan Macías – Santos Cornelio y Cipriano

Jesús dijo: ¿Con quién puedo comparar a los hombres de esta generación? ¿A quién se parecen?
Se parecen a esos muchachos que están sentados en la plaza y se dicen entre ellos: «¡Les tocamos la flauta, y ustedes no bailaron! ¡Entonamos cantos fúnebres, y no lloraron!»
Porque llegó Juan el Bautista, que no come pan ni bebe vino y ustedes dicen: «¡Ha perdido la cabeza!»
Llegó el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: «¡Es un glotón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores!»
Pero la Sabiduría ha sido reconocida como justa por todos sus hijos.

Jesús denuncia una actitud muy humana: encontrar siempre una excusa para no escuchar a Dios. Juan el Bautista vivía con austeridad, y lo acusaron de estar loco. Jesús compartía la mesa y la vida con todos, especialmente con los pecadores, y lo llamaron glotón y borracho. Nada les venía bien.

A veces también nosotros actuamos así. Pedimos señales, pero cuando Dios se manifiesta de una manera distinta de la que esperábamos, no lo reconocemos. Criticamos al que es serio porque parece demasiado rígido, y al que es alegre porque parece poco comprometido. Podemos quedar atrapados en la crítica y perder la oportunidad de descubrir la presencia de Dios en personas y situaciones inesperadas.

Jesús nos invita a tener un corazón abierto y disponible. Dios puede hablarnos en el silencio y en la fiesta, en la oración y en el encuentro con los demás, en una palabra exigente y en un gesto de ternura. La verdadera sabiduría está en reconocer el paso de Dios por nuestra vida, de manera previsible o totalmente nueva.
¿Estoy dispuesto a escuchar a Dios, aunque me hable de una manera diferente de la que yo esperaba?


Debemos convencernos de que tanto la sabiduría, como la felicidad, consisten únicamente en ver a Dios y no ver más que a Dios en todo. (A Querret)

Señor de los afligidos,
Salvador de pecadores,
mientras aquellos señores
de solemnes encintados,
llevan al templo sus dones,
con larga cara de honrados.
Ay que me gusta escucharte
cuando les dices:
‘la viuda, con su moneda chiquita
ha dado más que vosotros,
porque ha entregado su vida’.

Señor de las Magdalenas,
pastor de samaritanos,
buscador de perlas finas
perdidas en los pantanos,
cómo te quedas mirando
con infinita tristeza
al joven que te buscaba
y cabizbajo se aleja,
por quedar con su dinero.
¡Ay, qué difícil que pase
por esta aguja un camello!


San Juan Macías nació en 1585 en Ribera del Fresno, España. Quedó huérfano siendo niño y trabajó durante varios años como pastor. Desde pequeño cultivó una profunda amistad con Dios y una especial devoción a la Virgen María.
Siendo joven viajó a América y finalmente se estableció en Lima, Perú. Allí ingresó como hermano lego en la Orden de los Dominicos. Durante más de veinte años fue portero del convento de Santa María Magdalena. Desde ese humilde servicio recibía con bondad a los pobres, enfermos y necesitados, compartiendo con ellos los alimentos que conseguía.
Se destacó por su vida de oración, su penitencia y su caridad. Tenía una gran devoción por las almas del purgatorio y ofrecía por ellas sus oraciones y sacrificios. Murió en Lima en 1645. Fue canonizado por el papa san Pablo VI en 1975.

San Cornelio fue elegido papa en el año 251, durante una época de fuertes persecuciones contra los cristianos. Debió afrontar una grave división dentro de la Iglesia: algunos sostenían que quienes habían renegado de la fe por miedo no podían ser perdonados. Cornelio, en cambio, defendió que podían reconciliarse después de un verdadero arrepentimiento. Fue desterrado y murió en el año 253 a causa de los sufrimientos padecidos.
San Cipriano nació en Cartago, al norte de África. Fue un reconocido maestro y orador antes de convertirse al cristianismo. Poco después fue ordenado sacerdote y elegido obispo de Cartago. Apoyó al papa Cornelio y también defendió una Iglesia misericordiosa, capaz de recibir nuevamente a quienes se arrepentían. Durante la persecución del emperador Valeriano fue decapitado en el año 258.
Aunque vivían lejos uno del otro, Cornelio y Cipriano estuvieron unidos por una profunda amistad, por la defensa de la unidad de la Iglesia y por su actitud misericordiosa hacia los pecadores. Ambos dieron la vida por Cristo.