San Pío de Pietrelcina

Jesús convocó a los Doce y les dio poder y autoridad para expulsar a toda clase de demonios y para curar las enfermedades.
Y los envió a proclamar el Reino de Dios y a sanar a los enfermos, diciéndoles: No lleven nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni pan, ni dinero, ni tampoco dos túnicas cada uno.
Permanezcan en la casa donde se alojen, hasta el momento de partir.
Si no los reciben, al salir de esa ciudad sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos.
Fueron entonces de pueblo en pueblo, anunciando la Buena Noticia y curando enfermos en todas partes.

Jesús envía a sus discípulos con una misión muy concreta: anunciar el Reino de Dios y sanar a las personas heridas. No les pide que pronuncien grandes discursos, sino que hagan visible, mediante sus gestos, el amor cercano y misericordioso del Padre. La Buena Noticia no puede quedarse solamente en palabras: debe convertirse en cuidado, consuelo, compañía y esperanza.

Hay muchas enfermedades, no sólo las corporales: La soledad, la tristeza, el abandono, el miedo, la falta de afecto o la sensación de no ser importante para nadie. Hay personas que quizás tienen lo necesario para vivir, pero nunca reciben una palabra de aliento, un abrazo, una sonrisa amable o una mirada que las reconozca y valore.

Por eso, anunciar el Evangelio significa acercarnos a quienes sufren. No siempre podremos resolver sus problemas ni encontrar las palabras adecuadas. Muchas veces bastará con estar presentes, escuchar sin apuro y sin juzgar, visitar a quien está solo, compartir un mate, acompañar en silencio o llamar a alguien por su nombre.

La verdadera cercanía comienza cuando dejamos de mirar desde lejos y nos hacemos prójimos. Una llamada, un mensaje o un ‘¿cómo estás?’ dicho con sinceridad pueden abrir una puerta que parecía cerrada. Cada encuentro es una oportunidad para devolver dignidad y esperanza.

Cada uno de nosotros puede preguntarse:
¿Hay alguna persona cercana que esté necesitando compañía?
¿Soy capaz de advertir el sufrimiento de quienes tengo a mi lado?

Tengo una invitación
para continuar la historia
de mi vida y de los demás,
transformando este mundo
en mi hogar, para amar.

Yo lo escuché y digo que sí
a sus palabras que llegaron a mi alma.

Yo los envío,
son parte de esta historia (bis)

Vamos creando lazos
con Jesús a nuestro lado,
sintiéndonos hermanos,
caminando a la frontera sin dudar
para amar.

Menesiano, vení, digamos que sí,
a escribir otra página en la historia


San Pío de Pietrelcina, conocido como Padre Pío, nació en 1887 en Pietrelcina, Italia. Desde niño mostró una profunda fe y el deseo de consagrarse a Dios. Ingresó en la Orden de los Frailes Menores Capuchinos y fue ordenado sacerdote en 1910.
Vivió gran parte de su vida en el convento de San Giovanni Rotondo. Se destacó por su intensa vida de oración, su amor a la Eucaristía y su dedicación al sacramento de la Reconciliación. Pasaba muchas horas confesando y ayudando espiritualmente a personas que llegaban desde distintos lugares.
En 1918 recibió los estigmas, es decir, heridas semejantes a las de Cristo crucificado, que llevó durante cincuenta años. Este fenómeno despertó admiración, pero también dudas e investigaciones por parte de las autoridades eclesiásticas. El Padre Pío aceptó las incomprensiones con obediencia y humildad.
También impulsó la construcción de la Casa Alivio del Sufrimiento, un gran hospital destinado especialmente a los enfermos y necesitados. Para él, en cada persona que sufría estaba presente el mismo Jesús.
Murió el 23 de septiembre de 1968. San Juan Pablo II lo canonizó en 2002.