Santa Teresa de Ávila

Jesús dijo a los fariseos y doctores de la ley: ¡Ay de ustedes, que construyen los sepulcros de los profetas, a quienes sus mismos padres han matado! Así se convierten en testigos y aprueban los actos de sus padres: ellos los mataron y ustedes les construyen sepulcros.
Por eso la Sabiduría de Dios ha dicho: Yo les enviaré profetas y apóstoles: matarán y perseguirán a muchos de ellos.
Así se pedirá cuenta a esta generación de la sangre de todos los profetas, que ha sido derramada desde la creación del mundo: desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que fue asesinado entre el altar y el santuario.
Sí, les aseguro que a esta generación se le pedirá cuenta de todo esto.
¡Ay de ustedes, doctores de la Ley, porque se han apoderado de la llave de la ciencia! No han entrado ustedes, y a los que quieren entrar, se lo impiden.
Cuando Jesús salió de allí, los escribas y los fariseos comenzaron a acosarlo, exigiéndole respuesta sobre muchas cosas y tendiéndole trampas para sorprenderlo en alguna afirmación.

Jesús está despotricando contra los fariseos y los doctores de la ley.
Jesús les dice que se ponen como los que saben, pero Dios les ha enviado profetas y ellos se dedicaron a eliminarlos. No logran la salvación para ellos y no dejan entrar a los demás. A ellos se les pedirá cuenta de sus acciones.

Nosotros podemos ser doctores de la ley para otros. Somos los que sabemos, los que hemos estudiado y hablamos en nombre de Dios. Pero podemos ser guías ciegos, como estos señores que se desviaron del espíritu de la ley, para acentuar su letra pura y dura. Y la ley sin misericordia condena en lugar de salvar, encadena en lugar de liberar, excluye en lugar de incluir.
Esperemos no escuchar un día lo mismo que escucharon estos doctores de boca de Jesús.

Cuando pensamos en ello (el orgullo), delante de Dios, nos extrañamos, es cierto, de esta especie de locura que nos lleva continuamente, como a pesar nuestro, a orgullecernos de todo, a presumir de nuestras fuerzas y a atribuirnos el bien del cual la gracia es el único principio. Pero la confesión de nuestra debilidad y de nuestras equivocaciones no es todavía la humildad, y muy a menudo las confundimos con ella, de modo que no tenemos más que una humildad aparente, exterior, de palabras. ¡Cuántas astucias tiene el orgullo! ¡Cuántas trampas nos tiende! ¡Y qué fácil es dejarse engañar! (Sobre la humildad. S. VII 767)

Nada te turbe,
nada te espante.
Todo se pasa.
Dios no se muda.

La paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene
nada le falta.
Sólo Dios basta.


Santa Teresa de Ávila, también llamada Teresa de Jesús, nació en Ávila, España, el 28 de marzo de 1515. Desde niña mostró interés por la vida de los santos. A los veinte años ingresó en el monasterio carmelita de la Encarnación. Durante años atravesó enfermedades y una lucha interior entre su deseo de entregarse a Dios y sus apegos personales, hasta que vivió una profunda conversión que fortaleció su vida de oración.
Buscando una vida religiosa más sencilla, fraterna y centrada en Dios, inició la reforma del Carmelo. En 1562 fundó el convento de San José de Ávila, y luego recorrió España estableciendo nuevas comunidades, a pesar de las dificultades y oposiciones. Con la colaboración de san Juan de la Cruz, la reforma se extendió también a los religiosos. Teresa combinaba una intensa experiencia espiritual con sentido práctico, humor y gran capacidad para conducir a sus comunidades.
Dejó obras fundamentales, como Libro de la vida, Camino de perfección y Las moradas, en las que presenta la oración como una relación de amistad con Dios y un camino que transforma la vida. Murió en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582. Fue canonizada en 1622 y proclamada Doctora de la Iglesia en 1970, siendo la primera mujer en recibir ese título.