Santos Juan de Brébeuf e Isaac Jogues – San Pablo de la Cruz

Uno de la multitud le dijo: Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia.
Jesús le respondió: Amigo, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre ustedes?
Después les dijo: Cuídense de la abundancia, la vida de un hombre no está asegurada por sus riquezas.
Les dijo entonces una parábola: Había un hombre rico, cuyas tierras habían producido mucho, y se preguntaba a sí mismo «¿Qué voy a hacer? No tengo dónde guardar mi cosecha».
Después pensó: «Voy a hacer esto: demoleré mis graneros, construiré otros más grandes y amontonaré allí todo mi trigo y mis bienes, y diré a mi alma: Alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, como, bebe y date buena vida».
Pero Dios le dijo: «Insensato, esta misma noche vas a morir. ¿Y para quién será lo que has amontonado?»
Esto es lo que sucede al que acumula riquezas para sí, y no es rico a los ojos de Dios.


El gran tema de hoy es la relación del hombre con los bienes. La avaricia es la relación desordenada del hombre con los bienes en su necesidad de seguridad final. Pero lo cierto es que la vida del hombre no está asegurada por sus riquezas.
El corazón del hombre está hecho para la seguridad, para la tranquilidad, para la estabilidad para poder crecer y, como todas las energías que llevamos en el corazón, también estas se pueden desmadrar y llevarnos a la compulsión en búsqueda de seguridad, como el hombre del Evangelio.
La idea del espejismo es aplicable al desmadre de la necesidad de acumular. Todos llevamos dentro el peligro de que esa energía se salga de cauce. No hay quien no sea avaro; unos más, otros menos. El bichito está sembrado en todos los hombres desde el día del pecado original. El espejismo es querer saciarse donde no hay saciedad, pedirle a los bienes la seguridad que sólo Dios puede dar.

Las cosas, cuando se les pide todo, reflejan un final vacío, un espejismo. El hombre de la parábola tiene un diálogo amoroso con los bienes, no con Dios. Le cierran los números económicos, pero su vida está en quiebra porque la muerte le llegó mucho antes que la sentencia: “Insensato, esta noche vas a morir...”
Ya estaba muerto, porque su corazón estaba hecho del tamaño de las cosas que poseía.
Se empequeñece la vida cuando el corazón se hace según el objeto, cuando tomamos la forma de lo que ansiamos como absoluto. San Pablo dice que: “…la avaricia es una forma de idolatría”; se da por absoluto lo que es un medio y no un fin.

Sólo a partir de gustar las maravillas de los grandes bienes superiores se descubre el vacío final de las cosas.
Jesús nos advierte de cuidarnos de la avaricia que va a estar siempre pujando para complicarnos la vida. La ley de la existencia es la inseguridad y no debe ser un problema, sino un motor que nos lleve a la conciencia de ser hijos de un Padre amoroso, como un niño que adquiere la seguridad en su padre. Sólo quien no se siente seguro se abre a la filiación como un niño.
Al orar: “Danos el pan de cada día” ponemos en Él la seguridad, reconociendo una paternidad de la que viene toda providencia en la tierra y en el Cielo. La seguridad es un atributo absoluto de la paternidad divina.

Deberíamos hacer un examen de conciencia para ver si la vida espiritual y afectiva nos llevan a una plenitud donde no hacen falta tantas cosas. Tantos bienes materiales se necesitan, tanta pobreza espiritual tenemos.
El camino del desapego es consiguiente a una plenitud interior”. (Padre Pablo Rojas)


Intenta elevar tu alma y desprenderla de todo afecto terrestre; el apego a un lugar más que a otro, el echar en menos vivamente ciertos consuelos humanos, son grandes miserias; morir al mundo y a ti mismo es por el contrario la vida, la alegría, la verdadera dicha; un cristiano y con mayor razón un religioso, debe verlo todo, juzgarlo todo a la luz de la fe y pensar que lo que es contrario a sus gustos, a sus deseos naturales es lo que mejor que puede sucederle en el orden de la salvación. Dirige todo a Dios, querido hijo; no hagas nada más que en vista de la eternidad; que éste sea tu único pensamiento” (Al Hno. Cesario, 6 enero 1846)

¡Qué triste debe ser llegar a viejo
con el alma y las manos sin gastar!
¡Qué triste integridad la del pellejo
que nunca se jugó por los demás!
­¡Qué triste debe ser tener de todo
si hay tantos que se venden por un pan!
¡Qué triste soledad de cualquier modo
la que nace de la desigualdad!

Por eso estoy aquí cantando,
por eso estoy aquí soñando,
con el hombre feliz, el hombre nuevo,
el hombre que te debo, mi país. (bis)

­¡Qué lindo que es tender siempre la mano
y saber que es posible la amistad!
­¡Qué lindo procurar para mi hermano
lo mismo que procuro yo alcanzar!
­¡Qué lindo que es morirse con los otros
detrás de lo inhumano de un jornal!
­¡Qué lindo que es perderse en el «nosotros»
y juntos desde el pueblo trabajar!


San Juan de Brébeuf y san Isaac Jogues fueron sacerdotes jesuitas franceses que dedicaron su vida a anunciar el Evangelio entre los pueblos indígenas de América del Norte, en el siglo XVII.
Juan de Brébeuf (1593–1649) llegó a Nueva Francia (actual Canadá) en 1625. Trabajó principalmente entre los hurones, aprendió su lengua y estudió sus costumbres para comunicarles la fe. Se destacó por su fortaleza, paciencia y entrega en medio de grandes dificultades. En marzo de 1649, durante un ataque iroqués a una misión, fue capturado junto con el padre Gabriel Lalemant. Ambos sufrieron crueles torturas y murieron mártires.
Isaac Jogues (1607–1646) llegó a Canadá en 1636. En 1642 fue capturado por guerreros mohawk y padeció torturas que le dejaron graves lesiones en las manos. Logró escapar y regresar a Francia, pero quiso volver a América para continuar su misión. En 1646, cuando había regresado al territorio mohawk como mensajero de paz y misionero, fue asesinado. Poco después murió también su compañero laico Juan de La Lande.
Fueron canonizados en 1930, junto con otros seis compañeros, conocidos como los mártires de América del Norte.

San Pablo de la Cruz (1694–1775) nació en Ovada, Italia. Desde joven sintió un profundo amor por Jesús crucificado y descubrió en su Pasión la mayor expresión del amor de Dios a la humanidad.
En 1720, después de un tiempo de oración y discernimiento, comenzó a dar forma a la Congregación de la Pasión de Jesucristo, cuyos miembros son conocidos como pasionistas. Fue ordenado sacerdote en 1727. La congregación recibió la aprobación pontificia en 1741 y unió la oración, la vida comunitaria austera y la predicación.
Pablo recorrió pueblos y ciudades anunciando el Evangelio con palabras sencillas y fervorosas. Invitaba a contemplar la Pasión de Jesús para encontrar fuerza en las dificultades, cambiar de vida y confiar en la misericordia de Dios. También acompañó espiritualmente a muchas personas.
Murió en Roma el 18 de octubre de 1775 y fue canonizado en 1867.