Santa María Laura de Jesús Montoya

Jesús dijo a sus discípulos: Entiéndalo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora va llegar el ladrón, no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre llegará a la hora menos pensada.
Pedro preguntó entonces: Señor, ¿esta parábola la dices para nosotros o para todos?
El Señor le dijo: ¿Cuál es el administrador fiel y previsor, a quien el Señor pondrá al frente de su personal para distribuirle la ración de trigo en el momento oportuno?
¡Feliz aquel a quien su señor, al llegar, encuentra ocupado en este trabajo! Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes.
Pero si este servidor piensa: «Mi señor tardará en llegar», y se dedica a golpear a los servidores y a las sirvientas, y se pone a comer, a beber y a emborracharse, su señor llegará el día y la hora menos pensada, lo castigará y le hará correr la misma suerte que los infieles.
El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquel que sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente.
Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más.


El servidor de la parábola en lugar de tener la túnica ceñida, la lámpara encendida y estar ocupado en su trabajo, se dedica a comer, beber en exceso y a tratar mal a los demás empleados. Se coloca en el puesto del amo, dueño y señor de los bienes y de las personas.

Este hombre somos nosotros cuando nos queremos poner en el puesto de Dios, mal usar los bienes de la tierra y dominar a los demás. Desde nuestras entrañas nos surge el deseo de poder, de dominio, de ser más que los otros, de figurar y ser alabados. Deseamos ser ídolos y un ídolo busca la adoración de sus fieles.
El problema de la guerra, el maltrato a la naturaleza, los millones de refugiados que deben huir de sus hogares, el poner por encima de todo los intereses económicos, son resultado de actitudes de gente que se vuelve señor por decisión propia y pone todo al servicio de sus intereses egoístas.

¡Qué distinto el camino elegido y propuesto por Jesús! Él es el servidor fiel que se arremanga para estar más libre para servir, el que mantiene su lámpara encendida y es fiel al proyecto del Padre.
Por eso ha sido puesto como ‘administrador de todos sus bienes’; “por eso, Dios lo exaltó y le dio el Nombre que está sobre todo nombre”(Fil 2,9)

¿Cuáles son nuestros caminos?


Los Hermanos recordarán las palabras y ejemplos de Jesucristo y los santos. Ellos han enseñado que el cristiano debe anonadar en él al hombre viejo, para llegar a ser una nueva criatura en Dios; rebajarse para ser elevado; perderse en tierra para germinar y crecer: en una palabra, pasar humildemente por la destrucción del hombre terrenal para entrar en la gloria del hombre celeste. (A. 227)

Mi vida es una pizca de levadura,
que abrazada a la harina quiere ser pan,
que fermenta en el silencio,
que crece muy despacito
y abrigada de esperanza se quiere dar.

Mi vida es una semilla en el surco,
que brote a brote escapa a la oscuridad;
que sueña con ramas fuertes,
que no le importa la muerte,
si entre sus hojas anida la libertad.

Mi vida es un cántaro de agua fresca,
que baja de la montaña en soledad;
que gota a gota derrama
mil ternuras escondidas,
que tiene sed de abundancia
y de verdad.

Tengo el corazón llenito de nombres.
Tengo la ilusión de hacerme más pobre,
de darme al amor
de este pueblo hermano,
caminando al sol,
tendiendo mis manos.

Mi vida es una leñita encendida,
que se suma a la fogata de ser hogar;
que añora ese calorcito
que tiene gusto a cariño,
que invita en las noches largas a descansar.

Mi vida es una mesa de domingo,
donde siempre hay lugar para uno más;
donde el vino no se acaba
y el encuentro nos hermana;
donde siempre hay un motivo pa’ festejar.

Mi vida son seis cuerdas de guitarra,
que entre tus dedos quiere regalar
sus notas, su poesía,
su cacho de alegría,
animando la fiesta de la amistad.

Mi vida es un mate bien cebadito,
que sorbo a sorbo
busca lo esencial
de los gestos cotidianos,
de los espacios cercanos,
que nutren mis sueños locos de humanidad.


Santa María Laura de Jesús Montoya Upegui, conocida como Madre Laura, nació en Jericó, Colombia, el 26 de mayo de 1874. Cuando tenía dos años, su padre fue asesinado y la familia quedó en la pobreza. Su madre le enseñó a perdonar y a confiar en Dios. Superando muchas dificultades, se formó como maestra y dedicó su trabajo a la educación y la formación cristiana.
Sintió un llamado especial a llevar el Evangelio a los pueblos indígenas. En 1914, se trasladó con cinco compañeras a Dabeiba y fundó las Misioneras de María Inmaculada y Santa Catalina de Siena. Buscó acercarse a los indígenas compartiendo su vida, respetando su cultura y defendiendo su dignidad frente a la discriminación. Aunque sufrió incomprensiones y críticas, perseveró con valentía.
Su espiritualidad unía la oración profunda con el servicio misionero. Durante sus últimos nueve años estuvo en silla de ruedas, pero continuó orientando a sus hermanas y escribiendo. Murió en Medellín el 21 de octubre de 1949.
El papa Francisco la canonizó el 12 de mayo de 2013, convirtiéndola en la primera santa colombiana. Su vida invita a unir el amor a Dios con la cercanía a quienes son olvidados o excluidos.