En esos días, Jesús se retiró a una montaña para orar, y pasó toda la noche en oración con Dios.Cuando se hizo de día, llamó a sus discípulos y eligió a doce de ellos, a los que dio el nombre de Apóstoles: Simón, a quien puso el sobrenombre de Pedro, Andrés, su hermano, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Mateo, Tomás, Santiago, hijo de Alfeo, Simón, llamado el Zelote, Judas, hijo de Santiago y Judas Iscariote, que fue el traidor.Al bajar con ellos se detuvo en una llanura.Estaban allí muchos de sus discípulos y una gran muchedumbre que había llegado de toda la Judea, de Jerusalén y de la región costera de Tiro y Sidón, para escucharlo y hacerse curar de sus enfermedades.Los que estaban atormentados por espíritus impuros quedaban curados.Y toda la gente quería tocarlo, porque salía de él una fuerza que sanaba a todos.
Antes de llamar, Jesús ora. Al amanecer, Jesús llama a doce por su nombre. Cada uno tiene una personalidad, un pasado, capacidades y límites. Entre los elegidos hay hombres muy diferentes. Aprender a vivir juntos también sería parte de su misión. Tendrán que escucharse, superar prejuicios y descubrir que el llamado compartido es más profundo que sus diferencias.También nuestras comunidades crecen cuando cada uno encuentra un lugar y aprende a reconocer al otro en sus dones y en sus fragilidades. Todos tenemos algo valioso para ofrecer y algo en lo que necesitamos ayuda. Pedir perfección es iluso y, muchas veces, termina por desgastar los vínculos: nos acostumbramos a señalar lo que falta y dejamos de agradecer lo que cada uno aporta.El gran desafío es construir comunidad y llevar adelante proyectos con las personas concretas que somos. Esto exige descubrir las cualidades de cada uno, darles espacio para desarrollarse y procurar que sus limitaciones encuentren apoyo y posibilidades de mejora. Cuando aprendemos a complementarnos, lo que uno no puede hacer solo se vuelve posible entre todos.Esta es una tarea fundamental de quien anima o lidera una comunidad: conocer a las personas, reconocer sus capacidades y confiarles responsabilidades que puedan asumir y desarrollar. También le corresponde limar asperezas, facilitar el diálogo, corregir con respeto y evitar que las diferencias se conviertan en enfrentamientos. Para eso necesita paciencia y una mirada capaz de descubrir posibilidades incluso donde otros sólo ven dificultades.Aceptar las fragilidades también exige discernimiento. Hay limitaciones que debemos acompañar con paciencia y conductas que necesitan una corrección clara porque dañan a los demás. La comprensión debe ir unida a la responsabilidad: cada uno está llamado a ofrecer lo mejor de sí y a trabajar aquello que dificulta la convivencia. Quien conduce también tiene que reconocer sus propios límites, escuchar y dejarse ayudar.La presencia de Judas Iscariote nos enfrenta al misterio de la libertad. Haber sido llamado y haber estado cerca de Jesús no asegura la fidelidad. El amor recibido necesita una respuesta que se renueva cada día. Todos debemos cuidar el corazón, revisar nuestras motivaciones y volver al Señor cuando nos alejamos.Este Evangelio nos deja una certeza esperanzadora: Jesús cuenta con personas frágiles para llevar adelante su obra. También cuenta con nosotros. Nos llama por nuestro nombre, nos invita a estar con él y nos envía a acompañar, servir y despertar esperanza.
Sería absurdo esperar que en un gran grupo de hombres no haya nunca enfermos. No lo sería menos el suponer que en una Congregación no existan caracteres difíciles, a pesar de las precauciones tomadas para elegir a los sujetos que entran en ella. (Sermón 674. Espíritu de la Congregación)
Cristo te llama, nos llama,te envía, te pideque no le aflojés.Cristo necesita mis manospara dar un abrazoal pobre de hoy.Cristo necesita mis labiospara dar testimonioque Él vive aquí.Cristo necesita mis brazospara dar un abrazoal joven de hoy.Cristo necesita de un jovenque entregue su vidahasta darla por Él.