Conmemoración de los Fieles Difuntos

El primer día de la semana, al amanecer, las mujeres fueron al sepulcro con los perfumes que habían preparado y entraron, pero no hallaron el cuerpo del Señor Jesús.
Mientras estaban desconcertadas a causa de esto, se le aparecieron dos hombres con vestiduras deslumbrantes.
Como las mujeres, llenas de temor, no se atrevían a levantar la vista del suelo, ellos les preguntaron:
¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado. Recuerden lo que él les decía cuando aún estaba en Galilea: “Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de los pecadores, que sea crucificado y que resucite al tercer día”.
Y las mujeres recordaron sus palabras.

Los hombres de hoy no sabemos qué hacer con la muerte. A veces, lo único que se nos ocurre es ignorarla y no hablar de ella. Olvidar cuanto antes ese triste suceso, cumplir los trámites religiosos o civiles necesarios y volver de nuevo a nuestra vida cotidiana. Pero tarde o temprano, la muerte va visitando nuestros hogares, arrancándonos nuestros seres más queridos. 

¿Cómo reaccionar entonces ante esa muerte que nos arrebata para siempre a nuestra madre?
¿Qué actitud adoptar ante el esposo querido que nos dice su último adiós?
¿Qué hacer ante el vacío que van dejando en nuestra vida tantos amigos y amigas?

Los seguidores de Jesús no nos limitamos a asistir pasivamente al hecho de la muerte. Confiando en Cristo resucitado, lo acompañamos con amor y con nuestra plegaria en ese misterioso encuentro con Dios.
En la liturgia cristiana por los difuntos no hay desolación, rebelión o desesperanza. En su centro sólo hay una oración de confianza: ‘En tus manos, Padre de bondad, confiamos la vida de nuestro ser querido’.

A veces, suelo invitar a quienes asisten a un funeral a hacer algo que todos podemos hacer, cada uno desde su pequeña fe:
Decirle desde adentro a nuestro ser querido unas palabras que expresen nuestro amor a él y nuestra invocación humilde a Dios:
Te seguimos queriendo, pero ya no sabemos cómo encontrarnos contigo ni qué hacer por ti. Nuestra fe es débil y no sabemos rezar bien. Pero te confiamos al amor de Dios, te dejamos en sus manos. Ese amor de Dios es hoy para ti un lugar más seguro que todo lo que nosotros te podemos ofrecer. Disfruta de la vida plena. Dios te quiere como nosotros no te hemos sabido querer. Un día nos volveremos a ver”. (Pagola)


Los abrazo de todo corazón, hijos míos, y les deseo a todos un año muy santo, lleno de méritos para el cielo. No tengamos otro deseo que el de encontrarnos allí todos a la hora de la muerte y de vivir juntos durante la eternidad. ¡Amén! (ATC IV p. 182)

Tú nos dijiste que la muerte
no es el final del camino,
que aunque morimos no somos
carne de un ciego destino.
Tú nos hiciste, tuyos somos,
nuestro destino es vivir
siendo felices contigo,
sin padecer ni morir.

Cuando la pena nos alcanza
por un hermano perdido,
cuando el adiós dolorido
busca en la fe su esperanza.
En Tu palabra confiamos
con la certeza que Tú
ya le has devuelto a la vida
ya lo has llevado a la luz.

Cuando, Señor, resucitaste,
todos vencimos contigo.
Nos regalaste la vida
como en Betania al amigo.
Si caminamos a tu lado
no va a faltarnos tu amor,
porque muriendo vivimos
vida más clara y mejor.

La Iglesia siempre a recordado a sus fieles difuntos.
El paso decisivo para establecer un día especial lo dio san Odilón, abad de Cluny, en la actual Francia. Hacia el año 998, dispuso que los monasterios dependientes de Cluny celebraran una conmemoración de todos los fieles difuntos el 2 de noviembre, inmediatamente después de Todos los Santos.
La costumbre de Cluny se extendió progresivamente a otros monasterios y diócesis, hasta incorporarse al calendario de toda la Iglesia latina. No fue una celebración establecida de una sola vez para toda la Iglesia, sino una práctica que se fue difundiendo durante siglos. Se generalizó en toda la Iglesia latina durante el siglo XIV.