San Martín de Porres

Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Uno de los invitados le dijo: ¡Feliz el que se siente a la mesa en el Reino de Dios!
Jesús le respondió: Un hombre preparó un gran banquete y convidó a mucha gente. A la hora de cenar, mandó a su sirviente que dijera a los invitados: Vengan, todo está preparado.
Pero todos, sin excepción, empezaron a excusarse. El primero le dijo: «Acabo de comprar un campo y tengo que ir a verlo. Te ruego me disculpes».
El segundo dijo: «He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Te ruego me disculpes».
Y un tercero respondió: «Acabo de casarme y por esa razón no puedo ir».
A su regreso, el sirviente contó todo esto al dueño de casa, este, irritado, le dijo: «Recorre en seguida las plazas y las calles de la ciudad, y trae aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los paralíticos».
Volvió el sirviente y dijo: «Señor, tus órdenes se han cumplido y aún sobra lugar».
El señor le respondió: «Ve a los caminos y a lo largo de los cercos, e insiste a la gente para que entre, de manera que se llene mi casa. Porque les aseguro que ninguno de los que antes fueron invitados ha de probar mi cena”.

La parábola de hoy nos presenta el Reino de Dios como una mesa felizmente preparada para compartir, celebrar y encontrarse entre todos los invitados. Dios nos ofrece un Reino lleno de alegría y paz.

Sin embargo, quienes habían sido invitados comienzan a poner diferentes excusas para no acudir por asuntos personales que les parecen más importantes o urgentes.
Tal actitud no llama nada la atención porque suele pasarnos a todos, que una vez se nos muestra cómo construir y celebrar el Reino de Dios, ponemos escusas. Es que la vida cotidiana puede encerrarnos tanto que dejamos pasar lo verdaderamente importante: Dios.

Pero la mesa no puede estar vacía, y Dios llama a quienes normalmente quedan fuera de ésta para llenarla de personas enfermas, excluidas o heridas. Dios siempre se acuerda de quienes viven en los márgenes, de quienes no tienen poder o capacidad de decisión.

El mensaje de hoy es claro: toda persona merece estar en la mesa del Señor. Toda persona está dotada de dignidad para compartir la fiesta. Sin distinción alguna. Sin discriminación.
La vida se convierte en una verdadera celebración cuando nadie queda fuera. Seamos anfitriones que construyan, incluyan y que nunca pongan escusas para compartir el banquete del Señor.


Hijos míos, confíen; el buen Padre les brindará toda su ternura, y con ella, los preciosos ornamentos con los que se vistieron en los buenos días de su inocencia; encontrarán cerca de él la satisfacción interior, la paz de la conciencia, todos los consuelos y todos los bienes y todas las delicias que disfrutaron anteriormente, cuando su alma era pura y los vicios aún no la dominaban. (Apertura de retiro)

Bienvenida tu misericordia.
Bienvenida tu consolación.
Bienvenida tu dulce presencia. 
Bienvenido seas Señor.

Tú no te tardarás.
Tú nos defenderás .
Tú, nuestras lágrimas, enjugarás.
Tú nos sorprenderás.
Tú, buen refugió serás.
Tú, nuestras lágrimas, enjugarás.


San Martín de Porres nació en Lima, Perú, el 9 de diciembre de 1579. Fue hijo de un español, Juan de Porres, y de Ana Velázquez, una mujer negra libre de origen africano. Creció en condiciones humildes y sufrió la discriminación por su origen mestizo.
De joven aprendió el oficio de barbero y conocimientos de enfermería, que luego puso al servicio de los enfermos. Ingresó al convento de los dominicos de Lima, primero como donado, dedicado a tareas de servicio, y después profesó como hermano religioso.
Se destacó por su humildad, su profunda oración y su caridad. Atendía a enfermos, ayudaba a los pobres y procuraba alimentos y medicinas para quienes los necesitaban, sin distinguir su origen ni su condición social. También cuidaba a los animales. Se lo conoce como «el santo de la escoba», porque realizaba con amor los trabajos más sencillos del convento.
Su vida unía la contemplación con el servicio: encontraba a Cristo tanto en la oración como en las personas que sufrían. La tradición le atribuye numerosos hechos extraordinarios, entre ellos curaciones y bilocaciones.
Murió en Lima el 3 de noviembre de 1639. Fue canonizado por san Juan XXIII el 6 de mayo de 1962.