Bienaventurada Virgen María, Madre y Medianera de la Gracia

Jesús dijo a sus discípulos: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que este les falte, ellos los reciban en las moradas eternas. El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho.
Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes?
Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No puede servir a Dios y al Dinero.
Los fariseos, que eran amigos del dinero, escuchaban todo esto y se burlaban de Jesús.
Él les dijo: Ustedes aparentan rectitud ante los hombres, pero Dios conoce sus corazones. Porque lo que es estimable a los ojos de los hombres, resulta despreciable para Dios.

La terrible sentencia de Jesús con que empieza este evangelio, confirma el significado de la parábola del administrador injusto. Jesús no está en contra del dinero, como instrumento de intercambio. Ni está en contra del capital, necesario para la productividad, para el progreso, para generar vida y bienestar. Pero con tal que el dinero y el capital se utilicen para el bien. Y para el bien de todos, pero nunca para acumular riqueza a costa del hambre y la necesidad de los más débiles e indigentes. Por eso Jesús recomienda hacerse amigos con el “dinero injusto” (mamonâ tes adikías). Sencillamente, quedándose sin él, es decir, dándolo. Y así, cuando se queden sin dinero injusto, entonces les recibirán en “las moradas eternas”.

Jesús no era un “comunista prematuro”. Era un hombre honesto y libre. El término “mamonâ” aparece en los evangelios solo en boca de Jesús, normalmente asociado a la “iniquidad” o la “injusticia” (Mt 6,24, Lc 16,13; 16,9;16,11). El “mamonâ” se asocia con la adquisición no honrada de bienes o con el afán de obtener ganancias (H. Balz). Y esto es lo que Jesús no soporta. Es más, resulta indignante ver los desequilibrios que hacen no pocos exégetas de renombre para terminar justificando el lucro y el afán de ganancias. Sobre todo, cuando sabemos que eso (las ganancias o “valor añadido” que produce el capital) lleva consigo y es causa del hambre y de la muerte de millones de seres humanos.

Por todo esto se comprende la incompatibilidad que Jesús establece entre Dios y el afán de ganancias. Como también se comprende la dura sentencia contra los fariseos, “amigos del dinero”: “presumís de observantes, pero Dios os conoce por dentro”. Es sano, es honesto, sentirse con mala conciencia cuando se quiere aparecer como persona religiosa y honesta; y al mismo tiempo uno se siente seguro por la sana y solida cuenta corriente que se tiene en el banco. Quien siendo así, no siente mala conciencia, ¿cómo puede considerarse “observante”?


En el día de mi muerte, ¿de qué me habrá servido agotarme bajo el sol para conseguir placeres, cuyo recuerdo solo será para mí un remordimiento y para hacerme tal vez una gran fortuna de la que quizás no he gozado y tampoco disfrutaré al día siguiente? Somos como corredores obligados a realizar una carrera, pasamos por todo y dejamos todo atrás. ¿Qué significarán para mí estos jarrones de plata, ese oro acumulado, esos muebles ricos y pomposos? ¿Qué voy a llevar de todo esto a la casa de mi eternidad?» (S. sobre la muerte. IV, p. 1206.)

Oh, Señor Jesús,
nos da miedo dar la vida.
Pero la vida,
Tú nos la has dado para darla.
No para economizar en estéril egoí­smo.
Gastar la vida es trabajar por otros
aunque nunca nos paguen
ni un favor que no nos devolverán.

Gastar la vida es lanzarse y aún fracasar.
Gastar la vida es tal vez
quemar las naves por la gente.

La vida nunca se da
con protagonismos,
ni falsa teatralidad.
Se da la vida con sencillez
y sin publicidad,
como agua del manantial
y la madre que amamanta a su bebé,
como suda el labrador.
El futuro es un enigma,
se funde en la niebla.

Porque en la noche Tú estás, sin dormir.
Derramas miles de lágrimas, sin dormir.
Porque en la noche Tú estás.