San Carlos Borromeo

Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo: Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: “Éste comenzó a edificar y no pudo terminar”.
¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. 
De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.


Jesús nos invita a vivir el desprendimiento, a ser libre de nosotros mismos, libres de todas esas cosas que nos impiden seguirlo: dinero, ansias de poder, búsqueda de reconocimientos, apariencias, etc. Jesús nos llama a ponerlo por encima de todo: “Dios Solo”.
Lo magnifico es que ponerlo a él en primer lugar implica hacernos los últimos, es decir, servidores de todos.
También nos invita a cargar con nuestra cruz para poder ser verdaderamente su discípulo/a.

El papa Francisco nos dice:
«Este es el estilo cristiano porque Jesús ha recorrido antes este camino. Nosotros no podemos pensar la vida cristiana fuera de este camino. Siempre está este camino que Él ha hecho antes: el de la humildad, el camino también de la humillación, de negarse a uno mismo y después resurgir de nuevo. Este es el camino. El estilo cristiano, sin cruz no se es cristiano, y si la cruz es una cruz sin Jesús, no es cristiana. El estilo cristiano toma la cruz con Jesús y va adelante. No sin cruz, no sin Jesús». (Papa Francisco, 6-3-14)


Tener cuidado no perder esa libertad de espíritu, esa amable y dulce libertad de los hijos de Dios sin la cual no se hace nada bien. Para conservarla hay que unirse estrechamente a Dios, andar en su presencia con un corazón en el que reine la paz. (Memorial 16)

Quiero vivir la vida.
Que sepa gozar de todo.
Que no me venda a la falsa diversión.
Que busque la felicidad en mi interior.
Que busque la felicidad.

Quiero apostar por grandes ideales.
Que sepa que mi vida vale mucho más,
mucho más.
Que no me venda a la mediocridad.
Que busque servir y amar,
servir y amar.

Quiero acertar en mis elecciones:
Que sepa distinguir el bien y el mal.
Que no me venda a ser como los demás.
Que busque lo que vale la pena,
lo que vale la pena.

Quiero ser libre,
que sepa esclavizarme por amor.
Que no me venda al capricho ni a la pasión.
Que busque la libertad interior en ti, en ti.

Quiero apostar por grandes ideales.
Que sepa que mi vida vale mucho más,
mucho más.
Que no me venda a la mediocridad.
Que busque servir y amar, servir y amar.


San Carlos Borromeo (1538–1584) fue arzobispo de Milán y uno de los grandes impulsores de la renovación de la Iglesia después del Concilio de Trento.
Nació en 1538, en Arona, al norte de Italia, en una familia noble y adinerada. Estudió Derecho en la Universidad de Pavía. Su tío, el papa Pío IV, lo nombró cardenal cuando tenía apenas 22 años y le confió importantes responsabilidades en Roma. Carlos colaboró en la etapa final del Concilio de Trento, que promovió una profunda reforma de la vida eclesial.
Aunque tenía posibilidades de llevar una vida cómoda y poderosa, eligió entregarse al servicio de Dios. Fue ordenado sacerdote y obispo en 1563. Más tarde se estableció en Milán para atender personalmente su arquidiócesis.
Su preocupación principal fue renovar la Iglesia desde dentro. Fundó seminarios para mejorar la formación de los sacerdotes, promovió la catequesis de niños y adultos, visitó las parroquias y exigió una vida coherente a los miembros del clero. Él mismo daba ejemplo con su austeridad, oración y dedicación pastoral. Sus reformas encontraron fuertes resistencias: en 1569 sufrió un atentado del que salió ileso.
Durante la epidemia de peste de 1576–1577, permaneció en Milán y organizó la asistencia a los enfermos y a las familias necesitadas. Destinó sus recursos a conseguir alimentos y ayuda, y animó a los sacerdotes a acompañar a quienes sufrían.
Desgastado por el trabajo y las privaciones, murió el 3 de noviembre de 1584, a los 46 años. Fue canonizado por el papa Pablo V en 1610.