San José Pignatelli

Jesús les enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse: En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres.
Y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario. 
Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme. 
Y el Señor dijo: Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?

Jesús insiste en que los discípulos han de orar. Y han de orar siempre, sin cansarse jamás. Con esto, Jesús destaca la importancia de la oración en la vida. Porque todos en la vida, de una manera o de otra, por un motivo o por otro, nos vemos en la situación de la viuda que reclama justicia. Lo que ocurre es que, con demasiada frecuencia, no tenemos esa experiencia de seres necesitados, indigentes. Nuestra autosuficiencia nos incapacita para la oración. Porque ni sentimos lo necesario que es.

Si “orar” es “desear”, ¿por qué será que no nos damos cuenta de lo que tendríamos que desear intensamente, constantemente, como la viuda que tanto insistió al juez injusto? El problema que tenemos es que la sociedad en la que vivimos nos proporciona una serie de satisfacciones inmediatas, que tienen la particularidad de quien nos produce la impresión de que no hay que pedirla más a la vida.
Y sí, seguimos de capricho en capricho, sin caer en la cuenta de que tenemos que clamar al Padre para que nos haga justicia, nos faciliten una forma de vida y de convivencia, que nos haga poder tener lo que de verdad nos hará felices y nos dará la esperanza que necesitamos para que nuestra vida tenga sentido.

En definitiva, el problema es asunto de fe: la convicción de que nosotros no nos bastamos a nosotros mismos, es decir, la convicción de que más allá de los límites de la vida, hay una realidad última que es la que nos humaniza y da sentido a nuestras vidas.


A su ejemplo (Jesús), todo cristiano debe ser un hombre de oración; nuestros deseos, nuestras esperanzas, nuestros afectos, incluso nuestra misma conversación, como dice el Apóstol, deben estar en el cielo; continuamente debemos elevar nuestros corazones y manos a Dios, hacer que nuestros gemidos y deseos suban a él, para solicitar su ayuda y su misericordia.” (S. III, 037. Sobre la oración en general)

Señor, enséñanos a orar,
a hablar con nuestro Padre Dios.
Señor, enséñanos a orar,
a abrir las manos ante ti.

Orar con limpio corazón
que sólo cante para ti,
con la mirada puesta en ti,
dejando que hables Señor.
Orar buscando la verdad,
cerrar los ojos para ver,
dejarnos seducir, Señor,
andar por tus huellas de paz.

Orar hablándote de ti,
de tu silencio y de tu voz,
de tu presencia que es calor,
dejarnos descubrir por ti.
Orar también en sequedad,
las manos en tu hombro, Señor,
mirarte con sinceridad.
Aquí nos tienes, ¡Oh, Señor!

San José Pignatelli fue un sacerdote jesuita español que mantuvo unidos a sus hermanos dispersos y preparó la restauración de la Compañía de Jesús. Nació en Zaragoza en 1737, en una familia noble. Quedó huérfano de niño, ingresó de joven en la Compañía y fue ordenado sacerdote en 1762. En Zaragoza enseñó gramática a los niños y acompañó a los presos, entre ellos a los condenados a muerte.
En 1767, el rey Carlos III expulsó a los jesuitas de los dominios españoles. Pignatelli compartió el exilio de sus compañeros y los ayudó a encontrar acogida en Italia. En 1773, el papa Clemente XIV suprimió la Compañía de Jesús. Durante los años siguientes, desde Bolonia, Pignatelli mantuvo el contacto con sus hermanos dispersos y se vinculó con los jesuitas que habían podido continuar su vida religiosa en el Imperio ruso.
Con el tiempo volvió a profesar sus votos, formó novicios en Colorno, cerca de Parma, y en 1803 fue nombrado provincial de Italia. Murió en Roma el 15 de noviembre de 1811, tres años antes de que Pío VII restaurara la Compañía en toda la Iglesia. Pío XII lo canonizó en 1954.