30 de agosto de 2025

Mié
27
Ago
Jue
28
Ago
Vie
29
Ago
Sáb
30
Ago
Dom
31
Ago
Lun
01
Set
Mar
02
Set

Evangelio del día

Santa Rosa de Lima


2º Corintios 11,17- 11,2
Salmo 148, 1-2. 11-14

Jesús dijo a la multitud: El Reino de los Cielos se parece a un tesoro escondido en un campo; un hombre lo encuentra, lo vuelve a esconder, y lleno de alegría, vende todo lo que posee y compra el campo.
El Reino de los Cielos se parece también a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró.

Jesús compara el Reino con un tesoro escondido y con una perla preciosa. Ambos ejemplos destacan algo central: el Reino de Dios tiene un valor tan grande que supera cualquier otro bien de este mundo. No se trata de una posesión más en la lista de lo que acumulamos, sino de aquello que da sentido a todo lo demás.

El hombre del campo y el comerciante de perlas reaccionan de la misma manera: al encontrar aquello que tiene un valor incomparable, no dudan en venderlo todo. Lo hacen con alegría, no con resignación, porque comprenden que lo que reciben a cambio es infinitamente más valioso que lo que dejan atrás.

Espiritualmente, este pasaje nos invita a preguntarnos:
¿Qué ocupa el centro de mi vida?
¿Qué estoy dispuesto a dejar para que Cristo reine plenamente en mí?

El Reino de los Cielos no es una teoría ni una idea lejana, sino la presencia viva de Dios que transforma nuestra vida cuando lo acogemos. Encontrarlo es descubrir a Cristo mismo, el verdadero tesoro y la perla preciosa.
La paradoja del Evangelio es que, al “perder” lo que parecía valioso —nuestros apegos, seguridades, incluso proyectos personales—, en realidad lo ganamos todo, porque hallamos la plenitud en Dios.

Por eso, esta parábola no se queda en un llamado al sacrificio, sino a la alegría de quien encuentra lo más grande que puede existir. El que vive para el Reino no lo hace por obligación, sino porque ha experimentado que en Cristo hay una vida más abundante que ninguna riqueza terrena puede ofrecer.

En resumen: El texto nos recuerda que el Reino de Dios es el tesoro que da sentido a todo. La verdadera sabiduría está en reconocer su valor, y la verdadera libertad en estar dispuestos a dejarlo todo para tenerlo todo en Él.


Desde ahora perteneceremos a Dios sin división, y Dios se nos dará sin reservas: seremos pobres de bienes terrenos, pero todos los tesoros del cielo serán para nosotros; seremos obedientes, pero es así renunciando a nuestra propia voluntad como llegaremos a ser verdaderamente libres” (1º votos de los misioneros de Saint-Méen)

Eres Tú mi gran tesoro.
Por ti lo he vendido todo
para comprar este campo
donde estabas escondido.

Eres Tú mi gran tesoro
de amor como ninguno,
de corazón abierto
y de brazos extendidos.

Encontré lo más valioso.
Eres todo mi universo.
Eres el Rey de mi vida.

Nada vale la pena si Tú no reinas.
Tú eres el tesoro de mi vida.
Nada vale la pena si Tú no reinas.
Tú eres mi preciada perla fina.

Eres la más valiosa perla,
la única y más bella.
Ya todo lo he vendido
para comprarte enseguida.

Eres la más valiosa perla,
eres blanca como nieve.
Así es tu amor de puro.
Soy dichosa en tenerte.

Encontré lo más valioso,
eres todo mi universo.
Eres el Rey de mi vida.

Nada vale la pena si Tú no reinas,
Tú eres el tesoro de mi vida.
Nada vale la pena si Tú no reinas,
Tú eres mi preciada perla fina.

Eres mi alegría.
Por ti yo compro el campo entero.
Nada escatimo
con tal de tenerte por siempre conmigo.
Eres mi tesoro y mi perla fina.


Isabel Flores de Oliva (1586-1617), más conocida como ROSA DE LIMA, fue una mística terciaria dominica peruana. Su padre era español y su madre, indígena. El arzobispo Toribio de Mogrovejo la confirmó con el nombre de Rosa. Le dolía mucho la situación de los pueblos originarios maltratados. Hizo voto de virginidad y no pudiendo ser monja, por oposición de su padre, ingresó en la Tercera Orden de Santo Domingo. A partir de allí se recluyó en una ermita que había construido con su hermano en el huerto de su casa. Sólo salía para visitar el templo de Nuestra Señora del Rosario y atender las necesidades espirituales de los indígenas y los negros de la ciudad. Falleció de tuberculosis a los 31 años. Fue canonizada en el año 1671 por el papa Clemente X.