8.- PLOËRMEL

A comienzos de 1824, Gabriel Deshayes compró en Ploërmel una antigua propiedad de las Ursulinas, destinada a convertirse en la casa central de la naciente congregación. Era un lugar amplio, situado en un entorno tranquilo, adecuado para formar a los jóvenes que deseaban consagrar su vida a Dios mediante la educación de los niños. Al final de ese mismo año, Juan María de la Mennais se instaló allí definitivamente. Desde entonces, Ploërmel se convirtió en su hogar y en el corazón de toda su obra. Allí permanecería hasta su muerte.

Desde Ploërmel, Juan María acompañaba a los hermanos, organizaba las comunidades, respondía las numerosas cartas que recibía y enviaba maestros a las escuelas que se abrían en los pueblos de Bretaña y, más adelante, en tierras lejanas. Aquella casa era el centro desde el cual se animaba y sostenía una misión educativa que no dejaba de crecer.

Por sus salas, patios, talleres y capilla pasaron cientos de jóvenes. Allí recibieron su formación humana, religiosa y pedagógica; aprendieron a vivir en comunidad, a rezar, a enseñar y a servir. En Ploërmel dieron sus primeros pasos como hermanos y maduraron una vocación de entrega para toda la vida. Después fueron enviados a lugares muy diversos, llevando consigo lo aprendido y el espíritu recibido junto al Padre de la Mennais.

Pero Ploërmel no fue solamente una casa de formación y de gobierno. Fue verdaderamente el hogar de los hermanos. Cada año, quienes podían regresaban para realizar los ejercicios espirituales, reencontrarse con Juan María, compartir sus experiencias y renovar las fuerzas antes de volver a la misión. Después de meses de trabajo y de soledad en pequeñas escuelas rurales, volver a la Casa Madre era regresar a las propias raíces.

Muchos hermanos que habían entregado su vida a la educación volvieron también allí cuando llegaron la enfermedad o la vejez. Ploërmel los recibía nuevamente para que pudieran pasar sus últimos años acompañados por la comunidad. La casa que los había visto partir jóvenes y llenos de entusiasmo, los acogía ahora después de una larga vida de servicio.

Por eso Ploërmel quedó profundamente grabado en el corazón de los primeros hermanos. Era el nido del que salían para la misión y al que siempre deseaban regresar; la cuna donde había madurado su vocación; la escuela donde habían aprendido a ser hermanos; el hogar de los primeros pasos, de los encuentros y de las despedidas. Aunque estuvieran lejos, trabajando en algún pueblo de Bretaña o en las misiones de ultramar, conservaban la nostalgia de aquella casa donde habían descubierto que su vida podía convertirse enteramente en un servicio a Dios y a los niños.

A la salida de Ploërmel se levanta hoy una cruz que recuerda la partida de los hermanos hacia las misiones, fuera de Francia. Para muchos era la última vez que veían a la amada casa Madre. Allí los despedían y partían hacia los puertos de embarque.

El incansable trajinar, las luchas en favor de una educación digna, las amarguras provocadas por tantos problemas, el derrame cerebral sufrido en Guingamp y el peso de los años, fueron debilitando poco a poco la salud de Juan María. Por ello, debió delegar progresivamente sus responsabilidades en sus secretarios, hasta que, el 26 de diciembre de 1860, entregó serenamente su vida a Dios.

1.- Ploërmel: el lugar al que volver
Para muchos Hermanos, Ploërmel fue cuna, corazón, refugio y escuela; el hogar al que siempre anhelaban regresar. Allí habían vivido sus años de juventud junto a compañeros tan soñadores como ellos. Allí se habían formado, habían compartido la vida y habían aprendido a mirar el futuro con esperanza.
Desde Ploërmel comenzaban a imaginar los caminos que vendrían: algunos partirían hacia las escuelas de Bretaña; otros serían enviados mucho más lejos, hacia las tierras de Ultramar. Veían partir a sus compañeros y amigos mientras esperaban que llegara también su propia hora de ponerse en camino.
¡Cuántas enseñanzas recibidas de Juan María! ¡Cuántas recomendaciones guardadas en el corazón! ¡Cuántos sueños nacidos y compartidos entre aquellos muros!
También nosotros tenemos lugares, personas y comunidades que han sido “Ploërmel” en nuestra historia: espacios donde algo comenzó, donde descubrimos una llamada, donde otros nos ayudaron a soñar y desde donde alguna vez nos animamos a partir.
¿Cuál es mi “Ploërmel”? ¿Dónde nacieron algunos de mis sueños y proyectos? ¿Qué personas fueron parte de ese lugar? ¿Dónde está hoy ese hogar al que necesito volver para recordar quién soy y por qué elegí este camino?

2.- Ploërmel: un lugar desde donde soñar
Ploërmel no fue solamente un lugar al cual regresar. Fue también un lugar desde donde partir.
Imaginemos por un momento que estamos allí, junto a aquellos primeros Hermanos. El futuro todavía no está escrito. Hay escuelas que aún no existen, niños y jóvenes cuyos rostros todavía no conocemos, comunidades que habrá que construir y caminos que nadie ha recorrido todavía.
Ellos pudieron soñarlos antes de verlos realizados.
Hoy, nosotros también somos parte de una historia menesiana que continúa escribiéndose. Desde nuestras escuelas, comunidades y distintos lugares del Distrito Divina Providencia, estamos llamados a imaginar aquello que todavía no existe, pero que quizás necesita comenzar.
¿Qué sueños anidan hoy en mi corazón como educador? ¿Qué proyecto me gustaría animarme a impulsar? ¿Qué necesita hoy nuestra misión menesiana que todavía no hemos sabido -o no nos hemos atrevido- a imaginar?

3.- El ocaso: mirar los frutos del camino
El ocaso de Juan María fue llegando lentamente. Llegó después de una vida atravesada por el trabajo incansable, las búsquedas, las dificultades, las decepciones, las traiciones y también por la fragilidad propia del paso de los años.
Pero llegó, sobre todo, después de una vida entregada.
Al mirar hacia atrás podía contemplar escuelas, Hermanos, niños y jóvenes, comunidades y obras que habían nacido de sueños que alguna vez parecieron imposibles. No todo había sucedido como lo había imaginado. No todos los proyectos habían prosperado. Sin embargo, había una vida fecunda detrás suyo y una obra que otros continuarían.
Pensar en el ocaso no es solamente pensar en el final. Es preguntarnos qué queremos haber sembrado cuando llegue el momento de mirar nuestro camino recorrido.
¿Cómo imagino el ocaso de mi propia vida? ¿Qué frutos me gustaría poder contemplar? ¿Qué huellas quisiera haber dejado en las personas y comunidades que me fueron confiadas? ¿Qué sueños quisiera haber ayudado a hacer realidad?

    Y quizás una última pregunta pueda acompañarnos:
    Cuando otros continúen el camino que nosotros comenzamos, ¿qué esperamos haberles dejado para seguir soñando?

    Por mis montañas y puertos
    Tú te has querido dar.
    Has recorrido caminos
    que hoy yo estoy llamado a andar.

    Hazme de Ti un instrumento,
    conocer tu voluntad.
    Dime el camino que debo seguir
    y así, en tu nombre actuar.

    Tú has llamado a mi puerta.
    Yo llamaré a las demás.
    Que con tu amor y tu fuerza
    mi vida pueda entregar.

    Sembrando nuevas semillas
    con tu amor iluminar
    a quienes buscan tu vida
    y ponen su fe en tu verdad.

    Quiero encontrar en mis pasos
    huellas de tu Santidad.
    Junto a tu madre, María,
    saber llevarte a cada hogar.

    Enséñanos tu Palabra
    para poner a trabajar
    todas las manos unidas en Ti
    y al fin, proclamar tu paz.

    Tú has llamado a mi puerta.
    Yo llamaré a las demás.
    Que con tu amor y tu fuerza
    mi vida pueda entregar.